Ensayos para rescatar el arte, de Rudolf Arnheim

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Ed. Cátedra, año 1992. Tamaño 21 x 15 cm. Traducción de Jerónima García Bonafé. Incluye 41 reproducciones en blanco y negro. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 242

¿Ha sido necesario rescatar el arte en alguna ocasión? Sí, por supuesto, podríamos responder. Las obras de arte, en tanto que objetos materiales, han debido ser protegidas de inundaciones y seísmos, de manifestaciones de violencia, envidia y negligencia descontrolada. Algunos fanáticos han descabezado estatuas y la contaminación industrial de nuestra era ha borrado los rostros de las figuras de mármol de la antigüedad. Príncipes egoístas, tanto seglares como eclesiásticos, y empresarios ávidos de lucro han sometido a los artistas a sus caprichos, y los criterios cada vez más restringidos de belleza, corrección y elegancia entorpecen continuamente la aceptación de iniciativas innovadoras. Pese a todo ello, nunca se ha puesto en duda que el arte como tal sea un componente indispensable de la naturaleza y del comportamiento del ser humano, y así lo demuestra el que haya sobrevivido en las sociedades de toda índole, en las prisiones y en las islas de náufragos. El único motivo justificado de preocupación surge cuando se cuestiona y se pone en peligro la existencia del arte coma entidad independiente.

Tenemos razones para admirar lo que conocemos acerca de las cultural, sobre todo de las más antiguas, de las que guardamos y veneramos objetos útiles y actuales en los museos etnológicos. Atribuimos a estos utensilios y ornamentos la categoría de arte y tenemos una idea bastante precisa de las condiciones sociales y psicológicas que sustentan su excelente calidad. Estos objetos de arte constituyen un aspecto fundamental de las creencias propias de toda una comunidad y no de una clase selecta. Están inspirados en ideas colectivas sabre la naturaleza, la vida, la muerte y los poderes que influyen en la existencia humana. De este modo, la forma que adoptan los edificios y las obras de artesanía precede de un sentido intuitivo de economía, proporción y armonía.

Un sentido natural de belleza similar a los anteriores distingue el arte sencillo de los niños y, en su manifestación culminante, el de nuestros mejores artistas. Pero los grandes artistas son excepciones que escasean y es de justicia afirmar que los triunfadores actuales han debido superar condiciones poco favorables. Algunos de los obstáculos son consecuencia de la educación. En las escuelas se suele prestar poca atención a la espontaneidad imaginativa de los niños, que se deteriora a causa del dogmatismo pedagógico. Muchas trabas similares han dificultado la preparación de los artistas. Pero quizá la razón más arraigada e importante de esta deficiencia en nuestra civilización sea la falta de un terreno fértil, de esa buena disposición de la mente que animó el florecimiento de las artes en las culturas antiguas ya mencionadas.

No nos dejemos engañar por la ingente cantidad de galerías de arte, de museos y de escuelas de arte de nuestra sociedad, ni por los numerosísimos artistas profesionales y los precios absurdos que se pagan por obras de arte prestigiosas. Junto a todo esto, observamos signos inconfundibles de cansancio, falta de disciplina y responsabilidad. El diseño de muchos edificios, mobiliario y prendas de vestir es muestra de esta decadencia. Los síntomas más repulsivos se traducen en una extravagancia sin límites, en gustos vulgares y en pensamientos triviales. Nos mostramos demasiado propensos a conformarnos con poco y a renunciar al esfuerzo de definitivo, sin poner en juego todos los recursos, e ignorar la que solía ser la condición sine qua non del arte digno de respeto. Esta insuficiencia se refleja en el bajo nivel de la mayoría de las obras y en la falta de criterios válidos para su aceptación en los medios de comunicación.

En un contexto más amplio, este declinar de la práctica artística es paralelo a la tendencia general de la cultura de fin de siglo. Esto me recuerda un chiste que circulaba hace unos años en el que alguien decía, “Dios ha muerto, el Arte ha muerto y la verdad es que yo tampoco ando demasiado bien”. Nos afirman que la civilización moderna está acabando con las reservas para su supervivencia. Los biólogos aseguran que las ciencias naturales tocan a su fin porque ya han solucionado todos sus problemas. Dentro del mismo espíritu escatológico, un teórico de la política proclama que la democracia ha superado todos los obstáculos y que lo único que resta por hacer es aguardar el fin del milenio. Y no podemos evitar una sonrisa cuando un filósofo inquieto anuncia ante sus discípulos que, en breve, la filosofía ocupará el lugar del arte.

Asistimos a una sucesión de mareas bajas culturales, entre las que se debate el arte, y es imposible predecir si el futuro nos depara una subida de las aguas o una persistencia de la depresión actual. Tampoco hay mucho que podamos hacer por mejorar el curso de los acontecimientos. Existe, no obstante, un área en la que podrían producirse efectos importantes y en la que urge desplegar los esfuerzos adecuados. Se trata del área a la que aspira pertenecer mi propia obra y en la que se centra la presente selección de ensayos. Mi temperamento no me inclina a la polémica, y sin embargo, la situación actual de las artes y, en particular, la actitud nihilista imperante en la filosofía y teoría del arte han venido alarmándome cada vez más. El primer ensayo de este volumen, “A favor del enfrentamiento”, es lo más cercano a una protesta explícita, aunque esta llamada a la acción se interrumpa de manera algo brusca, puesto que no llega a explicar cómo coronar el rescate del arte.

A mi parecer, lo que se necesita es reavivar y explorar los principios sobre los que se asienta todo el proceso de producción artística. Si creemos que el arte es una condición psicológica y, sin lugar a dudas, biológica indispensable para la existencia humana, debemos admitir que brota de las raíces más profundas de nuestro ser. Estas raíces son, precisamente, las que debemos hallar. Los estudiosos dedicados a esta labor de seguimiento se erigirán asimismo en los heraldos de sus descubrimientos, una obligación que merece no ser desatendida en ningún momento. Deben estar convencidos de la existencia de estos principios objetivos y, pese a lo específico de su tarea en casos concretos, mantenerse alerta ante las numerosas circunstancias producto de la convención, la moda y otros motivos marginales que encubren la esencia básica. No podemos permitirnos eludir el corazón verdadero del arte centrando nuestra atención en los determinantes sociales o en la teoría esotérica. Es mucho más fácil comparativamente, aunque no del todo irrelevante, ocuparse de las repercusiones históricas de un estilo o de la economía de un período. Lo más difícil es justamente abordar las condiciones primeras que merecen al arte dicha denominación. Personalmente, confesaré mi absoluta indiferencia ante las nociones actuales de modernismo, premodernismo o posmodernismo; las considero fruto de la miopía generada por los sucesos cotidianos que, a los ojos de los comentaristas, se convierten en hitos históricos, cuando en realidad su estruendo ahoga el transcurrir lento y silencioso del auténtico desarrollo cultural.

Uno de los principales elementos que mantiene la vitalidad del arte es, en mi opinión, el poseer unas características insustituibles por las de ninguna otra actividad de la mente humana: el arte es único en su capacidad de interpretar la experiencia humana a través de expresiones sensoriales. En las artes visuales, el criterio es el mismo si el artista esculpe o pinta según la manera tradicional o si se dedica a clavar colchones en un tablero. Las composiciones arquitectónicas, literarias y musicales también obedecen a este axioma, dado que van dirigidas a los sentidos humanos: vista, oído y tacto.

Un medio eficaz de rescatar las artes del peligro que corren actualmente consiste, pues, en centrarse, con calma y paciencia, en ese núcleo vital común a todas ellas, es decir, en la expresión sensorial de toda manifestación artística. Este esfuerzo puede emprenderse de modo sistemático, como yo mismo he hecho en otras ocasiones, o, como me dispongo a hacer aquí, colmando lagunas y resolviendo imprecisiones mediante ejemplos extraídos de varios campos.

Con este fin, en el ensayo “Sólo para tus ojos” he analizado varias obras de arte de calidad conservadas en el Museo de Boston y he redactado breves monografías destinadas a destacar los rasgos visuales por los cuales un objeto determinado se comunica con la persona que lo contempla. Estos ejemplos pretenden poner al alcance de los espectadores la experiencia necesaria previa a la apreciación de las condiciones históricas de una obra, a la explicación del tema que trata o al análisis de sus componentes perceptuales y teóricos.

En otros ensayos he recabado ejemplos de obras realizadas por personas invidentes (“Aspectos perceptuales del arte para los ciegos”) y por enfermos psicóticos (“El arte de los psicóticos”) que nos ayudarán a comprobar que la deficiencia y la desviación con respecto a la norma general no implican la infracción de los principios básicos, sino que permiten incluso descubrir aspectos ocultos de aquello que solemos descuidar. En algunos de mis estudios recientes más técnicos acerca de los principios de la psicología de la Gestalt recuerdo a los lectores que el esfuerzo humano se rige, en última instancia, por una tendencia al orden, a la claridad y a la organización razonada. Así, si indagamos más allá del caparazón de dogmas de la religión convencional, como he hecho en dos de los ensayos finales del presente libro (“Más allá de la doble verdad” y “El arte coma religión”), descubriremos que la religión coincide con el arte en ensalzar la belleza de la naturaleza y la inagotable riqueza de la experiencia humana.

Tal vez la mejor exégesis a mi búsqueda de aquello que siento brillar bajo las cenizas sea la advertencia expresada en el poema de Richard Wilbur, “El ojo”, que reza así:

Guárdanos, Lucy
de la insensatez del ojo, tú que guiaste
al Dante desorientado,
tú a quien él dirigió su agradecimento

y el final del poema:

Posa sobre mí eternamente
las manos desconocidas del amor,
que no sea mi ojo tronera de la locura
pero sí dador de miradas justas

INDICE
Introducción
PRIMERA PARTE
1- A favor del enfrentamiento
Bibliografía
2- El arte entre los demás objetos
Bibliografía
3- ¿Qué fue de la abstracción?
Bibliografía
SEGUNDA PARTE
4- El alcance de la realidad en las artes
Bibliografía
5- El espacio como imagen del tiempo
Bibliografía
6- La lectura de las imágenes y las imágenes de la lectura
Bibliografía
7- Los indicadores de los escritores
Bibliografía
TERCERA PARTE
8- Solo para tus ojos (Siete ejercicios de apreciación artística)
Bibliografía
9- Picasso en Guernica
Bibliografía
10- Escultura (El carácter de un medio)
Bibliografía
11- El espacio negativo en la arquitectura
Bibliografía
12- Caricatura (El porqué de la deformación)
Bibliografía
13- La historia del arte y la psicología
Bibliografía
CUARTA PARTE
14- La melodía del movimiento
Bibliografía
15- Aspectos perceptuales del arte para ciegos
Bibliografía
16- El arte de los psicóticos
Bibliografía
17- El rompecabezas de los dibujos de Nadia
Bibliografía
18- El artista como terapeuta
Bibliografía
QUINTA PARTE
19- Pero ¿es acaso ciencia?
Bibliografía
20- Complementariedad procedente del exterior
Bibliografía
21- Interacción (Pérdidas y ganancias)
Bibliografía
22- ¿Qué es la psicología de la Gestalt?
Bibliografía
23- Las dos caras de la teoría de la Gestalt
Bibliografía
SEXTA PARTE
24- Más allá de la doble verdad
Bibliografía
25- El arte como religión
Bibliografía
26- En compañía del siglo