El vampiro argentino, de Juan Terranova

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Ed. Lengua de Trapo, año 2011. Tamaño 22 x 14,5 cm. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 342

Por Verónica Meo Laos

Juan Terranova (Buenos Aires, 1975), el joven autor de El vampiro argentino, sabe muy bien cómo transitar por las arenas movedizas de una novela que parte de la siguiente proposición: qué habría pasado si la Alemania nazi hubiera ganado la II Guerra Mundial. A modo de historia contrafactual -o estrategia empleada por los historiadores a través de la cual se parte de una premisa plausible y tras ello se especula acerca de qué habría ocurrido-, Terranova construye una ucronía o historia alterna que sirve de base para la deriva de un relato ficcional de género policíaco.

Hasta aquí, la pregunta disparadora de la ucronía no habría sido un aporte original -de hecho se trata de una especulación ya transitada con anterioridad en el filme Fatherland (1994)- si no fuera por un matiz en apariencia menor: tras la Gran Guerra de Emancipación, la Argentina se erige en una colonia privilegiada por su superioridad racial, territorial e inclusive ideológica. Por fin, la patria dichosa ha recuperado su prestigio y el territorio arrebatado desde la desaparición del virreinato. La niña mimada del Imperio alemán ahora tiene asegurado su destino de grandeza, no solo por su afinidad ideológica con el III Reich sino gracias a la extensión territorial de claras aspiraciones expansionistas.

Inteligentemente atravesado por verosímiles -o por un etnocentrismo nacionalista- el relato de Terranova transcurre como una novela negra: Víctor Bravard es un detective solitario y melancólico a lo Harrison Ford en Blade Runner que tiene la misión de desentrañar los crímenes horrendos de varios oficiales de las SS en medio de los festejos por el Bicentenario. Los fastos y la monumentalidad de un mundo en apariencia feliz, se resquebrajan ante las fisuras de una sociedad que drena sus miserias en las sombras. La fatalidad o la causalidad pondrán delante de Bravard a un viejo outsider sarcástico que hará tambalear las certezas del detective y lo ayudará a ir rearmando el macabro rompecabezas.

El vampiro argentino recorre con acierto los lugares del género noir y pone al lector en vilo a medida que se avanza en la lectura. Su fortaleza reside en construir la ficción a partir del sentido común donde se entrelazan sin solución de continuidad la historia real con el prejuicio liso y llano. Así pues, la errónea superioridad de los más europeos de América Latina se enturbia con la supuesta neutralidad argentina frente a la II Guerra Mundial o, con el apoyo Perón a la recepción de fugitivos del Tercer Reich.

En definitiva, el valor de esta novela se encuentra allí donde el contrato de veridicción se confunde con el pacto ficcional, justo en la dialéctica entre lo irreal y lo posible. Y ningún lector se sentirá defraudado.

I

Von Ribbentrop viajaba a Moscú para firmar el pacto de no agresión germano-soviético y el profesor Burckhardt, delegado de Danzig ante la Liga de las Naciones, abandonaba su oficina después de la anexión. Las tropas se ponían en movimiento. Empezaba la Gran Guerra de Emancipación. Ludwig Laggar había nacido el 30 de agosto de 1939, dos días antes de que Alemania invadiera Polonia. Así era el mundo que lo había recibido. Ahora, tanto tiempo después, la Argentina iba a festejar su segundo centenario. Y él se podía retirar satisfecho. Un sello en un papel, una despedida breve y adiós. No estaba mal para cuarenta y dos años de trabajo. Dormir hasta tarde, sin presiones. Tomar el desayuno en el jardín. Darles de comer a los perros en pantuflas. Pero había surgido un problema. Algo complicado. La vejez es lo complicado, pensó Laggar.

Su mujer lo esperaba para cenar. Su familia no. Dos hijos varones en la frontera norte, lidiando con la guerrilla paraguaya. Y dos hijas más en el Cuerpo de MédicosMilitares. De sus tres nietos, todos en edad escolar, el más grande ya había entrado en las Juventudes Hitlerianas de América. Tenía sus retratos arriba del escritorio, entre las fotos de su último viaje a Europa. Hacía años que Laggar no iba a Berlín. Se consoló pensando que así era mejor. La última vez, el laberinto que ofrecía la capital del Reich le había resultado frío y desagradablemente hacinado. Aparte le disgustaba viajar escondido, hacerse pasar por alguien que no sabe, que no entiende, un comerciante, un turista. De civil, lidiar con los aduaneros se volvía un suplicio exagerado. En ninguno de sus viajes había logrado escapar de esa mezcla ajena de ansiedad y pantomima. La última vez lo habían demorado casi tres horas. Mejor no viajar. Mejor quedarse. Estaba orgulloso de su familia. De su casa y del parque que la rodeaba. Era un buen parque. Pero ahora tres cuerpos mutilados empezaban a dar vueltas como si alguien los hubiera clavado en el piso de un carrusel vacío.

Dos es coincidencia, tres es una serie. La famosa mentalidad alemana, pensó Laggar. Exactitud y precisión. Eficiencia y disciplina. ¿Se podía vivir de otra manera? Pero esa no era la pregunta. ¿Por qué le habían caído a él esos tres cuerpos? Ahora miraba otras fotos, las fotos clasificadas dispersas arriba del escritorio. Imágenes en blanco y negro, sacadas por los apurados fotógrafos policiales y copiadas en papel de baja calidad. Pese a todo, seguían siendo imágenes de cuerpos, la sangre brillante, los restos fríos de la muerte.

Casi nadie sabía de la existencia del SIAR, sección A, apenas una oficina de inteligencia más en el caótico entramado del espionaje imperial. «Servicio de Inteligencia Alemán en Argentina», leyó Laggar en la pantalla que se abrió cuando encendió la computadora. Hacía exactamente una semana había tenido una teleconferencia de prioridad naranja con el arrogante Viceministro de Asuntos Exteriores del Reich. Le había hecho llegar desdeMünchen unmensaje encriptado con el membrete de Urgencia: «Ni siquiera la administración colonial está al tanto de esto. ¿Entiende? Si llega a oídos de la burocracia o de algún opositor, los viajes por los festejos van a empezar a ser puestos en duda».