El sueño del señor juez, de Carlos Gamerro

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Ed. La Página, año 2005. Tamaño 20 x 14 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 96

el-sueno-del-senor-juez-gamerro384El sueño de un pasado necesario, por Elsa Drucaroff

Invisible, como toda la, muchas veces, excelente literatura que se viene escribiendo en este país desde hace veinte años, El sueño del señor juez apareció en el 2000. Fue escrito y publicado en una Argentina recesiva, derrotada, que se iba desgarrando cada vez más en dos: los que se salvaban solos y los que definitivamente se quedaban afuera, condenados. La novela fue escrita en soledad, con el telón de fondo de la indiferencia y la pasividad casi absoluta que ganaba a beneficiarios y a víctimas del desastre en gestación, y no es excesivo afirmar que el desinterés con que el público la recibió -y con que sigue recibiendo nuestra literatura— se emparienta con uno mucho mayor y más grave: el desinterés por pensarnos como país o sociedad que fue instalándose desde la democracia, nacida de una derrota histórica, y se profundizó durante el menemismo a un punto jamás imaginado.

En este contexto, la novela elegía un momento fundacional (1877, momento previo al final de las campañas al desierto) y personajes también fundacionales (los antepasados de los excluidos, la raleada indiada sobreviviente, la soldadesca desposeída, desgastada por las guerras, sumergida en la barbarie) para construir una leyenda tan fantástica y disparatada como política, tal vez porque la política, para quien pertenece a la generación de Carlos Gamerro, sólo puede ser tomada en serio cuando se vuelve fantástica y disparate. Los sueños del señor juez son los del poder, son sueños que matan. Sus pesadillas oníricas se vuelven pesadillas demasiado reales en el cuerpo de los sometidos.

Y sin embargo, como en toda la obra de Gamerro, leer esta novela también es reír a carcajadas. Lejos de las literaturas serias a que nos acostumbró el “compromiso” realista de los años ’70, El sueño del señor juez retoma lúdicamente el horizonte común: juega. ¿A qué? A cumplir sueños, ni más ni menos (y se sabe: que los sueños se cumplan puede resultar siniestro). Y a reír del juego con risa terrible, si se trata de los atroces sueños del poder, o con las risotadas del carnaval, cuando los que los cumplen son sus víctimas; pero a reír siempre, porque cada carcajada es celebrar que se comprende y que entre todos se ha perdido el miedo. Dos cosas que hace muchas décadas que no ocurren en la Argentina.

Cuando Gamerro escribió El sueño del señor juez estaba continuando una saga que inició con Las Islas, su primera y fundamental novela (tal vez la novela argentina más importante de los últimos veinticinco años), y de la que todos sus libros, incluso el más reciente, La aventura de los bustos de Eva, se vienen nutriendo. Las Islas no transcurre en el siglo XIX sino en 1992, a diez años de Malvinas, pero en la memoria de sus dos protagonistas aparece un pueblo, Malihuel, que será el espacio tanto de El sueño del señor juez como de su tercera novela, El secreto y las voces. Es la fundación del pueblo de Malihuel lo que relata El sueño…, una fundación que tiene muy distinto sentido para el señor juez que para sus desharrapados habitantes; a esa memoria se retornará en El secreto y las voces, en un presente donde los lazos con el pasado están rotos.

El sueño del señor juez es fantástica, desopilante y disparatada, y también —aunque parezca imposible— una novela histórica. Sostiene Teodoro W. Adorno que escribir es un gesto radicalmente disidente con el mundo en el que se vive: el gesto mismo de imaginar y construir un mundo alternativo contiene rebeldía. Yo diría que las novelas históricas se nutren especialmente, además, de dos pulsiones fuertes: una, la necesidad de denunciar, de hacer saber que lo que existe proviene de un horror previo, que la actual injusticia viene de lejos; la otra, la reparadora maravilla de imaginar lo que podría o debería haber ocurrido, construir un pasado utópico, una tradición revulsiva de la cual agarrarse, incluso si no existió.

La fundación de Malihuel no es solamente un ridículo sueño de grandeza del despiadado señor juez, también es el sueño que los pobres, las víctimas, la igualmente bárbara soldadesca e indiada, varones y mujeres mancillados y sucios, ponen en escena para él. Y en ese sueño hay un deseo y un programa: hacer nuestra la temida pesadilla del poderoso para volverla su pesadilla real, entregarse a una larga noche de Carnaval en la que lo más inimaginado es posible, reír de la pesadilla hasta que el mundo sea finalmente diferente, hasta que la pesadilla termine.