El otro Marx, de Oscar del Barco

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Ed. Milena Caserola, año 2008. Tamaño 20,5 x 14,5 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 228

El otro Marx, Oscar del Barco060¿Por qué reeditar un libro prácticamente desconocido sobre Karl Marx? ¿Por qué hacerlo cuando el propio autor del mismo —tres décadas atrás— sentenció que “el marxismo ha muerto”? ¿Por qué hacerlo si desde la caída del Muro de Berlín hasta la fecha, miles de textos, ensayos y folletos —en varios idiomas— pueblan las estanterías de las bibliotecas defendiendo a capa y espada la plena vigencia del análisis marxista? ¿Y si lo hacemos simplemente porque se nos antoja o nos gusta o nos apasiona su difusión? Ya tenemos entonces un buen punto de partida: porque nos place.

Algunos años atrás nos encontramos con este libro. Lo primero que nos preguntamos fue: ¿cómo se lee esto? Ninguna respuesta, sólo dolores de cabeza…¿Tienen algo en común Rainer María Rilke, Friedrich Nietzsche y Antonin Artaud con Marx? Aparentemente poco y nada. Y sin embargo…El Otro Marx, más que a la Razón, parece apelar a los sentidos: “Estos artículos marcan un itinerario. Es como si expusiera mi cambio de piel, una interminable mutación”, señala Oscar del Barco. Tal vez para leer estos ensayos sea necesario sensibilizar la piel en lugar de realizar un gran esfuerzo cognitivo.

El Otro Marx no es un Marx alternativo. No se trata de recordar o volver a Marx, tampoco de olvidarlo. Ni siquiera proponer otra imagen reconstituida de un pensamiento sólido y sin fisuras.

La lectura que hace Oscar del Barco de los escritos de Marx es una lectura vital, un recorrido por problemas que hacen a la vida, al pensamiento, a la poesía y a las emociones. Esa lectura bucea en los impasses impensados de las teorías de Marx, como así también en los postulados o reflexiones menos atendidos por la crítica marxista o académica pero no por ello menos importantes, cruciales, que claman por seguir siendo pensados, investigados e indagados.

Uno de ellos es el famoso tema del valor. La ley del valor. El valor de cambio y el valor de uso. Su estatus económico y su estatus político. Ríos de tinta eludieron el carácter radical de ese problema: el de cómo encarar la salida de su égida. Pocos autores estuvieron a su altura, condenados al exterminio físico o al olvido. Uno de ellos es Isaak Illich Rubin, economista soviético autor de “Ensayo sobre la teoría marxista del valor”. La Inquisición stalinista lo asesinó en la década del veinte. Su pecado ideológico: “idealismo menchevizante”. En los años setentas el autor es recordado y el tema del valor vuelve a ser discutido políticamente. Los autónomos marxistas en Italia. Los precursores del grupo Krisis en Alemania. Los situacionistas en Francia y países europeos diversos. La escuela —alemana primero y luego británica— del derivacionismo —Joachim Hirsch y John Holloway— que discute contra la socialdemocracia “estatalista” alemana —Habermas y Offe principalmente—. A su manera, cada movida teórica toma como punto de partida el hecho de que la forma-Estado es otra forma-fetiche, como la mercancía, el dinero, etcétera. Incluso Ernesto Guevara, en su período de funcionario del Banco de Cuba, polemiza con el economista maoísta Charles Bettelheim —que visita la isla caribeña cual consultor— recordándole que la “ley del \ valor” no es una mera ley económica sino un modo de existencia, una manera de vivir determinada.

Todas esas corrientes críticas comparten el mismo suelo de debate que inspiran los ensayos que Oscar del Barco escribe en su exilio en México. Ensayos que, para nuestro agrado, eran marginales pero no menos lúcidos respecto de los temas en debate en el propio grupo del que él era parte: Pasado y Presente. Mientras tanto, la revista Controversia debatía sobre el pasado reciente de la izquierda armada, José Aricó escribía libros sobre cómo rescatar el marxismo y Juan Carlos Portantiero adaptaba poco a poco su versión de Antonio Gramsci a la transición democrática argentina.

Sólo tres vertientes hegemonizan el campo de pensamiento de izquierda argentino desde los ochentas hasta la actualidad: intentos ortodoxos o heterodoxos de rescate del marxismo clásico, formas de reciclaje socialdemócratas, o las exégesis posmodernas radicales de Michel Foucault o Jean Baudrillard.

A fines de los noventas y comienzos del nuevo siglo, los acontecimientos llevan al campo intelectual a prestar mayor atención a la problemática de la autonomía. Se conocen un poco más autores como John Holloway o Antonio Negri, oscilando entre la fascinación a-crítica y el rechazo integral. En esos pensadores se bordea la cuestión del valor, se propone una relectura diferente del marxismo, lejos de buscar una restauración de su pensamiento como unión de doctrina y praxis, sino embarcados en la aún poco explorada vía de la nutrición teórica —especialmente en el caso de Negri. Nutrirse de elementos de pensamiento sin refugiarse en un nuevo sistema es un arte relativamente reciente, inaugurado en cierta medida por numerosos movimientos sociales en el mundo de los setentas, que se llega a plasmar en forma de aforismos en autores célebres como Michel Foucault y Gilles Deleuze: por ejemplo, cuando retoman la famosa sentencia wittgensteiniana de que la teoría “es una caja de herramientas”.

Una metáfora polémica, quizás pobre en su capacidad alegórica porque parece emparentarse con cierto instrumentalismo o con cierta irresponsabilidad de pensamiento, actitudes que sin duda no podemos reprocharles a Deleuze y Foucault, cuya producción lejos está de caer en eso. Algo de ese ruido se sigue oyendo hoy, la carencia de ideas-fuerza o movimientos-fuerza que tuerzan el destino siniestro de los pueblos del planeta. La llamamos “carencia” por falta de mejores conceptos, y porque mucho de nuestra manera de ver las cosas está sesgada de
anacronismos, impensados y dogmatismos, con el añadido del recrudecimiento de la pobreza simbólica e imaginaria de la psicoesfera y semiosfera contemporánea.

El Otro Marx es un escrito pionero de la pluma de un argentino —pedimos perdón por el gentilicio—, ya que en nuestras pampas nunca se discutió seriamente, políticamente, el problema del valor en el análisis marxista. Fue escrito en México en mil novecientos ochenta y dos y el retorno del autor a nuestro país no implicó una reedición del mismo. Tendrá sus razones, y tal vez no importe saberlas. Las búsquedas vitales de sujetos singulares no tienen una relación lineal con el tiempo y sus contemporáneos. Un amigo nuestro viajó a México y hurgando entre librerías de usados y bibliotecas universitarias se encontró con aquél, que es lo mismo que decir que nos encontramos con un Del Barco proponiéndonos vías de pensamiento que se entrecruzan perfectamente con nuestras búsquedas presentes.

Al igual que Oscar del Barco hace treinta años atrás, no nos interesa el marxismo como identidad teórica y política. Tampoco nos interesa su Sistema filosófico o científico, sino las preguntas acuciantes que comprometen las vidas, que las exceden en su repliegue a-crítico, que las mueven a buscar horizontes afectivos, políticos y artísticos más potentes. Con todo, sus escritos no piden a los marxistas olvidarse de la lucha de clases, del antagonismo político, de la plusvalía, del imperialismo, de la revolución; antes bien, les pide una reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de cada uno de esos tópicos: el goce de la dominación, el refugio en las certezas cómodas, el miedo de ser apartado del rebaño, la lógica del valor y del fetichismo que es la base material de la lógica de dominación.

Les propone para ello pensar críticamente el logocentrismo —la primacía del discurso de lo Mismo, con Jacques Derrida—, los equivalentes generales Dinero, Padre y Falo —con Jean-Joseph Goux—, la micropolítica de los cuerpos —con G. Deleuze y F. Guattari—, el desmigajamiento de la metafísica de occidente— junto a Friedrich Nietzsche—, el eterno retorno de lo reprimido —junto a Sigmund Freud —; deconstruyendo el fetichismo y su pretensión de medir cuantitativamente la vida entera empezando por abstraer el trabajo concreto. Y por si esto fuera poco, nos echa en cara el problema irresuelto por Marx, pateado para “la era del comunismo” en sus momentos más jóvenes pero volviendo sintomáticamente como problema actual en el viejo Marx de El Capital: si el trabajo humano no puede ser medido por el valor, la economía entera como pretensión de medida global —ver por ejemplo los índices económicos de los Productos Brutos Internos de cada país— se vuelve ridicula.

Si la economía es medición abstracta, universal y cuantitativa del hacer humano —es decir: el fetichismo de la mercancía—, la emancipación global no puede ser más que no-económica, desmintiendo el carácter emancipatorio de los socialismos de Estado en sus múltiples versiones del siglo XX y XXI. ¿Es este un problema sin solución? ¿Sí? ¿No? De cualquier modo, aun no se han pensado sus consecuencias y derivaciones posibles.

Si en los ochentas se hubiera conocido o entendido esta magnífica propuesta de pensamiento: ¿otra hubiera sido la historia de los debates intelectuales y políticos? Las preguntas contrafácticas —por cierto muy sugestivas para la inspiración literaria y poética— confirman que la famosa “astucia de la historia” no es otra cosa que puros desfasajes, nunca se sabe cuándo uno se adelanta, se atrasa, llega tarde, pero ese no-saber no es sólo una cuestión de actualidad. A casi treinta años de escrito el ensayo de Oscar del Barco, y a casi un siglo del Ensayo de Rubin, nunca lo sabremos: sólo nuestros encuentros con esas propuestas de pensamiento y nuestra solvencia e imaginación para seguir abriendo el juego de la creación tienen la última palabra.

INDICE
Advertencia para la presente edición
Introducción
Prólogo
Hacia El otro Marx
Sobre el problema del “método” marxista
Entre Marx y Hegel
Althusser en su encrucijada
Concepto y realidad en Marx
Las raíces del “teoricismo” marxista
Post-Scriptum
Epílogo