El nuevo desorden amoroso, de Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut

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Ed. Anagrama, año 1996. Tamaño 20 x 13 cm. Traducción de Joaquín Jordá. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 348

En primer lugar dos cuerpos o, mejor todavía, dos códigos tan poderosamente trenzados sobre estos cuerpos que se confunden con ellos; un cuerpo masculino, un cuerpo femenino, diferentemente controlados por la doble ley, simbólica la del falo, erótica la del pene; en realidad la misma ley referida a la misma instancia. Dos cuerpos que sólo forman uno, fijados en una misma codificación viril del placer, del amor, de la voluptuosidad, es decir, en la creencia de una connivencia innata del deseo y de su objeto.

En primer lugar el hombre, que quiere pasar de un privilegio de poder absoluto a un privilegio de goce, denomina a eso “revolución sexual” y convierte su parco capital (eyaculación, esperma) en la mercancía suprema, la nueva moneda en la que deberán cambiarse, compararse, relacionarse, todos los trayectos libidinales.

El hombre, que descubre en su cuerpo la imagen más espectacular, la imagen genital, la “libera” confundiendo esta liberación con la de la sociedad global; sustituyendo (o incrementando) la sujeción sobre las mujeres mediante la proclamación de su igualdad con ellas (“Yo soy mejor que vosotras” desaparece ante “Todos somos iguales”). Y ahorrándose al mismo tiempo una represión franca en tanto que lejos de prohibir, normaliza, crea unas “necesidades” nuevas, educa a los seres para gozar en sus procedimientos específicos (modelo genital del orgasmo). El nuevo cuerpo erótico viril, como será denominado (para distinguirlo a la vez del cuerpo femenino y de cualquier otro cuerpo masculino posible) se caracteriza brevemente por esto: es completo, centralizado, geometrizable, está obsesionado por una axiomática de la renta (aunque sea a través de la pérdida): sólo conoce jerarquías, finalidades, incompatibilidades; inscribe todo; opera un trabajo de relación perpetua que liga unos órganos precisos a unas sensaciones determinadas; actúa por cantidades intencionales y no intensivas; busca siempre su unidad, cerrándose ante cualquier dispersión. Cuerpo de la matematización de los afectos semejándose al del macho en cuanto selecciona y atrae hacia sí los rasgos más evidentes de la sexualidad masculina. Rasgos que nuevamente, transformándolos en un modelo que simula una circulación susceptible de imponer la vivencia hedonista del hombre a todos los sexos. Extraña distorsión de un sistema binario en el que lo masculino sólo se afirma como Uno a condición de valorar lo femenino como Cero. En suma, a no repetir de nuevo “la anatomía es el destino” sino más bien “la anatomía del hombre es el destino sexual de la mujer”.

En primer lugar, siempre un poder políglota para el cual no existe lengua o soporte privilegiado y que ni siquiera tendría actualmente tendencia a hablar el lenguaje de la liberación. Un poder que ha abandonado parcialmente la “represión sexual” y que encuentra más rentable convertir al genital masculino en el nuevo modelo de los intercambios eróticos y afectivos.

Vivimos en unas sociedades llamadas democráticas, pero seguimos habitando unos cuerpos monárquicos, unos cuerpos constituidos, reunidos en torno al nuevo soberano pontífice, el dios Pene y sus dos asesore, los testículos, que han robado la corona de la trascendencia al espíritu y al alma. Y e dicho sentido, todos nosotros, occidentales, somos unos obesos sexuales, es decir, unos obsesos del centro. Aunque esta divinidad genital no sea más que una abstracción que tranquiliza en la medida en que borra la diferencia de los sexos (en tal caso, nada menos genital, pues, que una mujer) y no conoce acontecimiento alguno, autonomiza la sexualidad a cambio de vaciarla de todo contenido convirtiéndola en un mero simulacro capaz de funcionar siempre y en cualquier lugar.

La línea de demarcación ya no pasa entre lo permitido y lo prohibido, sino entre la Norma y sus Desviaciones, regulación que, lejos de mantener los impulsos reprimidos pero vivos, como hace la prohibición, obliga a todo el cuerpo a somatizar la organización genital masculina. La razón es que no existe (tal vez nunca ha existido) privilegio revolucionario de la sexualidad; ésta es ya totalmente un dispositivo prefabricado con un lugar asignado de antemano, bajo aval científico, intentándose politizar las perversiones, convirtiéndolas en ideas, en slogans, iniciándose otra vez la misma operación del sistema que consiste en modelar los flujos de energía libidinal sobre el cuerpo viril como estandarte exclusivo de todos los placeres.

En primer lugar, pues, una opresión por homología, una tecnología, una tecnología del goce que trata los órganos como máquinas técnicas dispuestas en función de un rendimiento, que sistematiza y racionaliza las formas fundamentales de la voluptuosidad y produce el deseo genital como nuevo imperativo categórico. Eso explica que la mujer no exista allí donde está representada, que sólo es convocada en la imaginería masculina a título de actriz sin posibilidad de cambiar ni una coma del texto. Es cierto que todos los valores vinculados a la posesión del falo se han desmoronado bajo el peso del ridículo o del odio; el propio hombre los rechaza parcialmente, pero es para sustituirlos por una supremacía concentrada en torno a lo único que le queda, su sexo. Sólo se cae (o abdica) como Amo para erigirse inmediatamente en principio de placer; se abandonan las máscaras de Potentado o de Padre para reaparecer bajo el exclusivo signo de Eros, disminuida la falocracia ante la genitocracia, moderna demagogia del cuerpo, última forma de la misoginia. Pero esta promoción del pene es tan castrante como la anterior, pues encierra en la misma alternativa, tenerlo o no tenerlo. Hace escaso tiempo sufríamos las exorbitantes obligaciones ligadas a la condición masculina (honor, coraje, violencia, dureza, etc.), hoy sufrimos el deber del placer genital, la obligación de eficacia hedonista entendida en términos de erección/eyaculación permanentes. La palabra «falocracia», que supone a los hombres amos de las mujeres, contiene una extemporaneidad flagrante, pues si bien existe dominio, la mujer es la esclava de un esclavo. De un esclavo sometido a unas imágenes, a unos simulacros, entregado a la imitación del código de la virilidad, a la necesidad ciega de incrementar constantemente su rendimiento, de entrar en el juego de la deuda infinita. Existe, pues, una histeria masculina, tan opresora como la historia femenina. En la nueva racionalidad de la liberación sexual, el pene se ha convertido en la determinación en última instancia que transforma nuestro celo untuoso en coitos programados. En otras palabras, cuanto más se pierde el sexo como diferencia más se impone lo genital como referencia, más se destierra el cuerpo como profusión.

Paralelamente a este orden, inextricablemente unido a él, existe una multitud de pequeñas alteraciones, de ligeros desarreglos que lo agrietan y lo infiltran, el nuevo orden amoroso. Menos nuevo sin embargo —no prepara una alternativa, otro reino- que desordenante, destruye un estado, instala una crisis, propaga un desconcierto. Desorden que se emplaza en un mundo que no es amoroso y bajo el efecto de otro desorden que le es anterior o ajeno (revuelta de las mujeres, de las minorías sexuales, disolución de los valores, anarquía relativa del capital en su fase más avanzada), pero cuyas capacidades de perturbación en la esfera sociopolítica o simbólica son en sí mismas imprevisibles. Desorden que no se contenta con llevar la contraria al orden, sino que, cosa mucho más turbadora, le desorienta, le priva de su eje destituyendo de este modo lo genital cuando el orden lo eleva a verdad geográfica de los cuerpos y de las interpretaciones; ridiculizando la propia idea de finalidad contra todas las valorizaciones médicas, higiénicas, políticas, subjetivas de la libido; dando a entender que ya no hay estado auténtico del deseo cuando todos los teólogos de la salvación siguen luchando por determinar su Tierra Prometida. De ahí el retorno subrepticio —y en otro lugar— de valores considerados obsoletos, el amor, los efluvios sentimentales, el idilio y los suspiros.

El puritanismo sólo prohibía el ejercicio sexual fuera de lo establecido, sólo tenía el monopolio del rechazo. El cuerpo “viril”, al presentarse como verdad hedonista de todos los sexos, quiere dotarse de un monopolio de representación erótica. Así, pues, su puesta en duda es un progreso inmenso. Pero este progreso se paga con una menor claridad, una menor resolución, una regresión aparente, la ausencia de objetivos. Es por esta razón que todo se metamorfosea en inseguro cuando se trata de afrontar en propio cuerpo la instancia anatómica y voluptuosa en que se había sido moldeado y educado. Razón por la cual la sexualidad masculina no posee ahora únicamente más que preguntas, rechazando todas las certidumbres tradicionales que la conciernen, resistiendo con dificultad —y es una suerte— la irrupción de las mujeres en el escenario del amor, porque en la mujer la realización del deseo desbarata el fantasma, permite vislumbrar unos horizontes en los que no pensábamos.

El hombre, anteriormente semi-príncipe, hoy semi-lacayo, vive en un interregno; sólo posee cuerpos de regencia o de purgatorio, su sustancia gloriosa se ha disipado, habita en ei intervalo, hojea unas imágenes que no puede encarnar. Pero esta desgracia también es una suerte; al distanciarse del código de la virilidad, el erotismo masculino puede descubrir finalmente su propia polimorfia, abrirse a unos placeres desconocidos; los movimientos de mujeres y de homosexuales, lejos de dirigirse a su culpabilidad, sólo requieren su deseo; al multiplicar el abanico de las sexualidades, desestabilizan la suya, la desestructuran, le proponen un haz de tentaciones inagotables e incomprensibles. El hombre sufre de la castración, es decir, de la atribución misma del falo, ya no soporta ese cuerpo diamantino e incorruptible que se le atribuye, cuerpo sin culo, sin mierda, sin rostro, sin vísceras, pura palanca eréctil que produce esperma. Por tanto, puede ver simultáneamente el desorden como un desequilibrio que le angustia y como una invitación discreta a pasar de la inmutabilidad del mismo a la movilidad de las inversiones múltiples, de los intercambios fortuitos.

Un texto sobre el amor es un texto de detalles que se refieren a ínfimas desviaciones; no habla de cambiar la vida (no estamos lo suficientemente unificados como para dotarnos de una “vida”), sólo convoca revoluciones minúsculas; no exige confundir nuestros deseos con la realidad sino entender cómo otras realidades que nos son ajenas pueden venir a alterar nuestro deseos y a extraviarlos.

Vivimos actualmente la erosión de los tres modelos que ocupaban tradicionalmente el campo amoroso<. modelo conyugal para el sentimiento, modelo andrógino para el coito, modelo genital para el sexo. La sexualidad ya no tiene finalidades metafísicas o religiosas, carece de sentido y de transgresión, de realización, higiene o subversión. El amor, transformado en irreconocible, pierde sus referencias; tal vez sea eso el desconcierto, que ya no pueda existir un destino personal sino que la suerte de cada cual resida en todos. Explicar esta desposesión provoca una escritura obligadamente modesta que asume el riesgo de la estupidez, abandona la ambición de decirlo todo, parte de unas cuantas referencias que son otras tantas incertidumbres, no acumula saberes sino perplejidades. Un discurso tal que, en definitiva, implica tantos estilos como vivencias amorosas, ya es en sí mismo esta inestabilidad real, el presentimiento de la pérdida del poder y su júbilo secreto. Ahora nos corresponde otro lugar, un espacio impreciso liberado por una afirmación escandalosa, la hegemonía ya no es deseable; abandonar el poder, el narcisismo de lo propio, es incluso la única posibilidad que puede concedérsele al amor, al igual que todo acontecimiento, de vivir la intensidad. INDICE
Cuento del rábano rosa y de la raja roja
I- ARITMETICAS MASCULINAS
1- Placeres visibles o El contrato del orgasmo
Los avatares del portador de obelisco
Una emociones estrechamente vigiladas
La novela canónica del orgasmo
El prepucio-rey
La excepción, única ley posible del amor
2- Pornogrial o La república de los testículos
El señuelo de lo que-queda-por-ver
Los órganos sin cuerpo
El anti-relato
Miserable milagro
Imponer la mujer
¡Conóceme!
3- Prostitución I: Un equilibrio por sustracción
El cuerpo-cliente
El cuerpo prostituido
El polvo
II- LA FORMULA: “TE AMO”
La voluptuosidad ridícula
La alergia
El tumulto
¿De qué sientes miedo?
El disimulo
La catástrofe del fantasma
Parejas polígamas
La consumación del modelo conyugal
III- GOCE DE LA MUJER
IV- LAS EQUIVALENCIAS NEUTRALIZADAS
Prostitución II: La revuelta o El fin de las religiones genitales
Mil y tres razones actuales de ser cliente
Las rameras, suspenso en revolución
Sobre la palabra “puta
Los mercaderes del templo
Mrx y Ulla: el trabajo a secas
La política de la claridad
Los cuerpos inciertos