El derecho a la ciudad, de Henri Lefebvre

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Ed. Península, año 1973. Tamaño 20,5 x 13,5 cm. Traducción de J. González Pueyo. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 170

Por Mario Gaviria
Agosto de 1968

La aportación de Henri Lefebvre a la teoría y crítica de la vida urbana comienza a ser apreciada en su justa medida por los estudiosos interesados en el tema. El presente libro es el trabajo de reflexión crítica más importante desde la aparición, hace más de veinte años, de la Carta de Atenas. Supera y desborda el funcionalismo de ésta; la obsesión operacional de los CIAM queda ya abandonada. anticuada. Las consecuencias nefastas de la Carta se perciben físicamente en los barrios dormitorios de las grandes ciudades de todo el mundo.

Henri Lefebvre, marxista revisionista, como él se define, es conocido principalmente por su trabajo anterior a 1958, orientado principalmente a profundizar y exponer los temas del pensamiento marxista que el stalinismo había dejado en la sombra. El concepto de Alienación, de Totalidad, de la forma burocrática, del fin del Estado, el concepto de ideología, fueron por él sacados a la luz sistemáticamente. Ahora bien, la reflexión dialéctica en el caso de Lefebvre no se aparta de la realidad en ningún momento. Está siempre alerta al peligro de la especulación metafísica. Hasta mitad de los años 50 realiza trabajos de Sociología Rural: La Vallée de Campan, entre otros.

Impulsado por las dificultades de puesta en marcha de una praxis marxista en la producción agraria, interesado por el problema, no resuelto por los rusos, de extinción de la oposición entre el campo y la ciudad, el autor realiza trabajos directos sobre la realidad rural.

Según él mismo ha dicho en varias ocasiones, de manera a la vez seria e irónica, poco a poco fue llegando a la conclusión de que la extinción de las diferencias entre los campesinos y los habitantes urbanos llegaría por desaparición de los primeros.

En los países burocráticos de consumo dirigido todo parece indicar que tenía razón. Esta realidad le fue llevando a interesarse por la vida urbana, por la ciudad, gigantesco laboratorio de la historia (Marx). A ello contribuyó, al azar, la aparición de gas natural en la región de los Bajos Pirineos Franceses. Junto al yacimiento de Lacq la empresa publica decide crear la Ciudad Nueva
de Mourenx; allí se albergará la población laboral requerida por la energía del subsuelo. Lefebvre, que ha nacido y pasa los veranos a pocos kilómetros de allí, la ve surgir entre los pinos de las faldas de la montaña que él conoce palmo a palmo. Durante varios años va constantemente a observar las innovaciones que aparecen a medida que se va construyendo y habitando el nuevo Mourenx. Han pasado casi tres lustros y la crítica a la ideología urbanística, a la tecnocracia de lo urbano, es aquí planteada
con la máxima aproximación que permite la posesión de conceptos extraídos de la tradición metodológica de Marx.

A través del análisis crítico de la Carta de Atenas, expuesto en los cursos de Sociología de la Vida Urbana de la Universidad de Estrasburgo, Lefebvre desmonta al final de la década del 50 el andamiaje teórico que justificaba los criterios de Planeamiento de las Grandes Urbanizaciones Francesas. La trampa de la Carta está en que parte de una definición funcional de las necesidades humanas que reduce caricaturalmente la vida. Ésta es algo más que habitar, trabajar, circular, cultivar el cuerpo y el espíritu. El análisis funcionalista manifiesta su incapacidad para alcanzar la totalidad. El homo urbanicus es algo más complejo que cuatro necesidades simplistas, las cuales dejan fuera el deseo, lo lúdico, lo simbólico, lo imaginativo, entre otras necesidades por descubrir. Los deseos ni siquiera se puede pensar en enumerarlos; son ilimitados, surgen a medida que la sociedad desarrolla
las fuerzas productivas. Una vez simplificadas las funciones urbanas, los Arquitectos reunidos en los CIAM

estiman que el caos urbano es consecuencia de la mezcla de esas funciones. Para que la ciudad ideal estructural-funcionalista sea perfectamente clara, ordenada y comprensible (es decir dominable) los autores de la Carta deciden separar cada uno de los espacios en que se realizan dichas funciones. Ella daría algo que en principio a todos los ciudadanos puede parecer bien hasta que se ven los resultados práctico-sensibles. En una zona se trabaja, en otra se habita, en otra se compra, en otra se aprende y divierte y entre todas ellas se circula constantemente, obsesivamente. La separación de funciones allí donde se ha llevado a rajatabla ha llevado a la destrucción de la vida urbana. Lo más urbano, la calle, el cuarto de estar de la ciudad, es odiado por la Carta. La calle es peligrosa, nociva, multifuncional, tierra de todos y de nadie, debe desaparecer, dice la Carta. En adelante los habitantes irán de ningún lado a ningún otro por sendas verdes y puritanas, decimos nosotros. La calle muere con la aparición del bloque abierto y la idea simplista de zola unifuncional. A estas conclusiones críticas llega Lefebvre en 1959: ha procedido con idas y venidas del concepto a la realidad. La desaparición de un elemento de la totalidad, la calle, modifica el sistema urbano. El empleo de la dialéctica crítica, de conceptos teóricos, le lleva a tesis cada día más aceptadas. Está en el buen camino; otros
investigadores van a acompañarlo. Así, Jane Jacobs, trabajando a partir del análisis inductivo de casos particulares y concretos de la realidad americana, va llegando a parecidas tesis. Su libro, La vida y la muerte de las grandes ciudades, odiado por los urbanistas en activo, complementa desde el caso concreto lo que Lefebvre ha afirmado desde los conceptos generales y abstractos.

La autora expone un método de investigación: “Cuando se trata de comprender a las ciudades, creo que los hábitos de pensamiento más importantes son los siguientes: a) pensar siempre en estructuras en movimiento, en procesos en curso; b) trabajar inductivamente, razonando de lo particular a lo general, y no al revés; y c) buscar indicaciones o señales singulares, distintas a la generalidad y que hagan referencia a muy pocas cantidades, ya que ellas nos revelarán las cantidades “promedio” mayores que están efectivamente operando. Es un pequeño manifiesto contra el estructuralismo imperante en la sociología urbana americana por una persona que oficialmente no es ni sociólogo ni urbanista. No obstante, Jane Jacobs tiene una insuficiencia metodológica con relación a Lefebvre, que tal vez viene dada por la presión social que cae sobre los intelectuales americanos: no hacer referencias a la estructura política y social americana. Esto lo advierte desde las primeras páginas de su libro. Expone la inseguridad y el peligro de las grandes ciudades americanas, donde hay zonas en que los habitantes se sienten angustiados entre desconocidos. Esta dramática
situación tiene una historia, unas causas, para Jane Jacobs estima innecesario considerarlas: “En las motivaciones de la delincuencia y el crimen hay sin duda un sustrato de profundas y complicadas presiones sociales. En este libro no entraremos a especular sobre estas profundas razones…” Durante todo el capítulo expondrá un profundo análisis de la calle, cuyos elementos y funciones adecuadamente distribuidos pueden garantizar con cierta probabilidad la seguridad. En nuestra opinión la solución de los problemas sociales por el urbanismo no es ni deseable ni posible. La autora publicaba su libro en 1961, y siete años después ha sido condenada a un mes de prisión por manifestarse contra la guerra del Vietnam. Probablemente en sus nuevos trabajos le sera más difícil separar la forma urbana de! contenido de las relaciones entre los hombres.

En 1965 un estructuralista crítico como el arquitecto Christopher Alexandre, publica su premiado e imprescindible artículo La ciudad no es un árbol. A partir de la teoría de los conjuntos llega a las mismas tesis que Lefebvre y Jane Jacobs. La crítica del urbanismo moderno ha llegado a un punto que expone muy bien Alexandre:

“Se reconoce hoy, en una escala cada vez mayor, que ciertos ingredientes esenciales faltan en las ciudades artificiales. Comparadas con las ciudades antiguas, que han adquirido la pátina de la vida, nuestras tentativas modernas para crear ciudades artificialmente se han traducido en fracasos totales”.

Al hablar de artificiales se refiere el autor a ciudades o barrios nuevos que han sido creados deliberadamente por arquitectos y urbanistas, o sea, que han sido planeados y ejecutados. Refiriéndonos al urbanismo español hay que pensar principalmente en los barrios periféricos de las grandes ciudades; ahí no puede decirse que la Carta de Atenas se haya aplicado de manera sistemática ni generalizada. Hay muchos proyectos inspiradas en ella, pero construidos y “funcionando” no pasarán de un centenar de barrios en todo el país. La mayor parte de la expansión del tejido urbano se ha hecho prolongando las calles existentes o bien construyendo sin planeamiento riguroso previo. Por ejemplo, el concepto de barrio y de unidad de vecindad, etc., no se aplica oficialmente hasta
la Ley del Suelo en 1958 y el Plan Nacional de la Vivienda en 1961. La mayoría de las expansiones urbanas dejan en España la planta baja libre para que sea ocupada por otros usos que la vivienda. Esto, unido a su elevada densidad, hace que la mayoría de los barrios nuevos españoles sean multifuncionales y más animados que las grandes urbanizaciones francesas, por ejemplo. Claro está, los problemas que se plantean por la falta de equipamientos colectivos y los que se plantearán por inexistencia de un aparcamiento por vivienda, deberá ser tenido en cuenta a la hora de comparar. ¿Qué prefieren los usuarios? ¿Animación o equipamientos? Ahora bien, las críticas de Lefebvre, Jacobs o Alexander se plantean al verdadero nivel y rigor hoy necesarios, a nivel de la teoría pura.

Claro está, es difícil encontrar realizaciones en el mundo en que todos los criterios funcional-estructuralistas hayan sido aplicados. Por esta razón la crítica comete una cierta reducción a la que hay que añadir el factor de que tratándose de ciudades nuevas, la historia no ha podido todavia plasmarse en la forma urbana. No obstante, hay ejemplos de urbanizaciones en que no faltan los equipamientos: las New Towns inglesas, las nuevas ciudades de Israel, Sarcelles en Francia (hoy ya equipada casi enteramente). A pesar de los equipamientos la ausencia de vida urbana es bastante manifiesta. Hay un ejemplo de construcción esmerada que es significativo: la nueva ciudad israelí de Ashdod. Situada a 40 kilómetros al sur de Tel-Aviv, con puerto importante, con verdaderas zonas industriales funcionando, con excelentes playas, con zonas rigurosamente separadas, con espacios verdes por doquier, con “estructura en árbol”, con todos los elementos que parece requerir una ciudad. La hemos visitado acompañados de míster Perlstein, el urbanista que la ha concebido y que la esta realizando. Ashdod tiene 10 años de vida física y carece todavía de vida urbana. Sus habitantes van a buscarla a la síntesis mundial de Dizenghof Road o a la divertida Alhenbi Street en Tel-Aviv.

Efectivamente, es más fácil construir ciudades que vida urbana. La separación funcional destruye la complejidad de la vida. Alexander concluye: “En todo objeto organizado, los primeros signos de destrucción inminente son la subdivisión extrema y la disociación de elementos internos”.

EI trabajo de Lefebvre no se detuvo en la crítica del funcionalismo. A diferencia de los autores citados, plantea la crítica de la ideología urbanística, que encubre una estrategia de clase. “La ciudad es la proyección de la sociedad global sobre el terreno”, dice Lefebvre. Los conflictos entre clases y las contradicciones múltiples se plasman en la estructura y forma urbana. Este planteamiento es analizado en detalle por Manuel Castells, sociólogo español, en un artículo sobre bibliografía comentada de Sociología Urbana aparecido en la revista Sociologie du Travail, París, 1957. El escrito, excelente, es una pieza fundamental que pone en su justo valor la sociología urbana empírica, carente de conceptos rigurosos y, sobre todo, de hipótesis imaginativas. Persiste hoy un conflicto abierto entre la sociología empírica y la sociología crítica. Lefebvre dice, en su libro Crítica urbana de la vida cotidiana, “que la capacidad de investigación del sociólogo está ligada a su capacidad de invención de hipótesis”. Eso le lleva a valorar la Utopía -como fuerza primordial para la imaginación racional. A la inducción y deducción añade la transducci6n, proceso mental que va de lo real (dado) a lo posible (virtual). A este aspecto redescubridor de la imaginación, Lefebvre añade la crítica, actitud bastante ausente de la sociología integrada. No es posible ningún conocimiento en el campo de las ciencias humanas sin una doble crítica, la de la realidad a superar así como la de los conocimientos adquiridos y de los instrumentos conceptuales del conocimiento a adquirir”.

La reflexión de Lefebvre está en permanente evolución, los conceptos son constantemente sometidos a crítica a medida que la base práctico-sensible (el centralismo urbano, el tejido urbano) evoluciona.

La aplicación, a partir del capítulo I de El Capital, de Marx, de los conceptos de Valor de Uso y de Valor de Cambio a lo urbano (considerado como una forma identificable a la mercancía) abre un camino muy rico a la investigación. La segregación urbana considerada como proyección sobre el terreno de la división social del trabajo muestra la imposibilidad de crear una sociedad
integrada por vías del urbanismo. El concepto de obra, la apropiación de la ciudad como obra por el habitante de la urbe, sigue las huellas de Hegel, el imprescindible, que consideraba a la ciudad como obra total, “la más bella obra de arte de la historia de la humanidad”.

El derecho a la Ciudad expone una reflexión teórica a partir de Francia, de París, que sirve de laboratorio y atalaya de observación al sociólogo francés. Ahora bien, la realidad del lector de habla española difiere en algunos aspectos, la escasa importancia que se da en el libro a la Reforma Agraria en relación con la Reforma Urbana (revolucionaria) no es significativa sino para ciertos países como Francia. En españa o en Hispanoamérica, Reforma Agraria y Urbana se plantean simultáneamente haciendo más compleja una praxis que necesariamente resulta ambigua.

El concepto de “Ghetto del Ocio> con que Lefebvre pone de manifiesto la especialización funcional del territorio a escala mundial, zonas de turismo (las ciudades y urbanizaciones de alta montaña y mar), está insuficientemente desarrollado para el lector español. España, en sus costas, ha generado una macroorganización especializada en el ocio europeo. Ello está en contradicción con la economía urbana española. Mientras hay un millón de apartamentos y residencias secundarias inocupados durante diez meses al año, hay varios millones de españoles alojados en infraviviendas. Mientras está urbanizada (luz, agua, pavimentación) la costa en urbanizaciones inacabables y sin apenas edificaciones habitadas, las periferias congestionadas de las grandes ciudades españolas,
habitadas por el proletariado, están sin alcantarillado, pavimentación, escuelas, etc…Estas y otras contradicciones abiertas y conocidas de todos no son recogidas en este libro; al igual que la nacionalización del suelo, Lefebvre, las da por evidentes, no necesitadas de comentario.

Su preocupación fundamental está a nivel de transformación profunda y total de la vida cotidiana y de la forma y estructura urbana en que aquélla se habrá de desarrollar necesariamente. La población mundial, la española a plazo medio, será en su casi totalidad urbana. Hay que pensar que el número de españoles que viven en áreas urbanas aumenta anualmente en unos 600.000. Ello lleva consigo el “hacer ciudad” cada dÍa. Algo parecido a hacer una ciudad nueva como Valencia cada año. Esto puede durar quince o veinte años. La teoría y la técnica urbanística española no están capacitadas para llevar a cabo la tarea con cierta armonía. El planeamiento urbano es aparentemente fácil. Se dice cómo deben ser las ciudades sin haber profundizado en el análisis de cómo son.

A nivel de la práctica urbana se agrava la contradicción entre las necesidades sociales crecientes que piden satisfacción en los equipamientos urbanos colectivos y la implantación acelerada de una sociedad burocrática de consumo dirigido, al menos en las grandes ciudades españolas. El desarrollo desigual, los desequilibrios de la nación, se agrava; en la mitad sur de España “coexisten” los ghettos turísticos del ocio con el latifundio agrario en el que perdura el subdesarrollo y la vida arcaica.

Estas y otras contradicciones no parece que puedan ser resueltas por vía burocrática. El derecho a la vivienda, el derecho a la naturaleza, el derecho a la vida urbana para todos, acabarán siendo inscritos en los Derechos Humanos.

INDICE
Prólogo
Advertencia
Industrialización y urbanización: primeras aproximaciones
La filosofía y la ciudad
Las ciencias parcelarias y la realidad urbana
Filosofía de la ciudad e ideología urbanística
Especificidad de la ciudad: la ciudad y la obra
Continuidades y discontinuidades
Niveles de realidad y de análisis
Ciudad y campo
En las proximidades del punto critico
Sobre la forma urbana
El análisis espectral
El derecho a la ciudad
¿Perspectiva o prospectiva?
La realización de la filosofía
Tesis sobre la ciudad, lo urbano y el urbanismo