El Arbol, de Charles Hirsch

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Ed. Plaza y Janés, año 1989. Tamaño 21,5 x 15 cm. Incluye 87 reproducciones a color y blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 110

Por Michel Random

El árbol, en su verticalidad, es el lugar sagrado donde el cielo se enraíza en la tierra. Su magia, ante todo, nos plantea una cuestión: ¿Cuál es nuestra capacidad de elevación y de enraizamiento, es decir, de estar presentes en lo que existe?

La percepción visible del árbol responde a la percepción de su misterio en nosotros. Puesto que participa de lo visible y de lo invisible, se convierte en una cuestión eterna. Su fragilidad y su fuerza son las nuestras. Ser como un árbol, ser fuerte como un roble, estar en la copa o en la raíz, abrazar su tronco, sus raíces, sus hojas, equivale a abrazar nuestro cuerpo, nuestra energía
vertical, nuestros pensamientos como innumerables hojas, nuestro destino soldado en una sola vida y no obstante divergente en mil ramas.

De la misma manera que no puedo huir del árbol, no puedo escaparme de mí mismo.

Si el árbol es mi reflejo, se parece a mí en su más extensa diversidad. Sus nudos son los míos; es decir, los compromisos y los deseos que me unen literalmente a este planeta: como si uno de mis destinos fuese el de llegar a comprender lo que hay de extraño y de inexplicable en mi enraizamiento.

Igualmente, cuando abrazo una parte del árbol, una parte de mí cobra vida. ¿Soy capaz de moverme con el viento, de doblarme con la tempestad, de resister sin romperme? ¿Soy capaz de comprender lo que significa la vibración del cielo y de la berra, de asociar
las energías que suben y bajan, de resistir erecto como el tronco fuerte y majestuoso?

Este árbol, mi hermano, helo aquí dotado de todo conocimiento, enriquecido por todos los símbolos. En ningún momento me puedo separar de su aventura celestial y terrestre. Lo desee o no, yo soy este árbol de la vida. Soy la vida en todas sus dimensiones y este árbol, mi hermano, es, como yo, un prodigioso ser vivo. Inspira fuerza y protección, amor y muerte, esté sano o enfermo, derecho o torcido, libre o transformado por la mano del hombre.

Y este árbol del destino sigue su camino sin cesar, a la vez vivo y vivido, misterio de la tierra, del lugar, de la especie, de todo lo que nos lleva a ser nosotros mismos y más que a nosotros mismos, al interior de nuestro destino.

El árbol, igual que el hombre, debe perfeccionar su forma, convertirse en un ente poderoso y duradero. Al cabo de muchos siglos, los árboles de inmenso tronco multiplican sus ramas en una infinidad de brazos y su follaje cubre la extensión del cielo y la tierra, como en una selva.

Venerados en todas las tradiciones, son árboles protectores. En Asia, especialmente en Thailandia, se encuentran en los templos búdicos y evocan el árbol del Bodhi bajo el ual se dice que meditó buda durante cinco años. Sus seguidores van a rezar a su pie, que protege estatuas de Buda, y los honran con ofrendas.

En Japón son los árboles kami. La palabra Kami, en la religión sintoísta, es intraducible. Un Kami no es precisamente un espíritu. Es una entidad ya consumada (o perfecta) y que por ello se ha vuelto digna no solo de adoración sino de veneración. Pero al hablar
de consecución, de perfección, hay que entender perfección completa, sabiduría perfecta, en una palabra, conocimiento en el sentido más estricto, en el sentido del precepto: conviértete en lo que ya eres. Así, pues, la realización o consumación de un grano de trigo será la espiga. Igualmente un árbol pequeño puede perfeccionarse y volverse un árbol milenario cuyas ramas se expandan como en una selva. Un árbol así, fuerte y majestuoso, puede, en según qué circunstancias, ser venerado. Entonces se vuelve Kami. Se lo rodea con un cordón sagrado (shimenawa) que indica su condición de sagrado, de “tabú”. En lo sucesivo, nadie podrá jamás cortarlo. En todos los templos sintoístas se encuentra ároles de éstos, rodeados de una cinta ornamentada de papeles recortados (Gohei), símbolo de antiguas ofrendas.

Como el árbol, el cosmos es la expresión misma de la vida. Es la natura-naturans que se regenera constantemente. Los campos de energía infinitos que lo gobiernan son como la savia del árbol. El cosmos es aquí el principio de crecimiento que se halla en el origen de todas las cosas. Es así como el árbol no cesa de crecer y de extenderse en todas sus dimensiones, verticales y horizontales. Así, pues, en la imagen de la gran estupa búdica, Borobudur, un centro en el que cualquier punto infinitamente grande o infinitamente pequeño simboliza la totalidad de los mundos, crece y se agranda tanto en lo invisible como en lo visible. Del uno
nace la multiplicidad, y toda multiplicidad vuelve al uno.

El árbol es, en la imagen de todas las estupas búdicas, un eje del universo del que los “círculos concéntricos” o mundos que define simbolizan todos los universos posibles. Estos universos, conocidos y desconocidos, se sostienen en el árbol cósmico que es antes que todo el de los ejes o de los centros a partir de los cuales se elaboran infinitas creaciones.

Arbol de la savia, árbol de la vida, árbol de los enamorados, árbol Kami, árbol de Jesé, árbol de la Cábala, árbol del centro del mundo, árbol del corazón, de mí mismo. No acabaría nunca de mencionar todas las cosas y misterios asociados a la palabra árbol.

El misterio es lo que conecta lo alto con lo bajo, lo visible con lo invisible, el cielo con la tierra. El árbol extiende sus raíces como una enorme cabellera subterránea análoga a la que despliega bajo el cielo. Torcido, nudoso, erguido, grande, fuerte, compasivo o noble, es el reflejo de lo humano y lo divino. Es vagabundo, obrero, sátrapa, guerrero, aristócrata y sobre todo hechicero.

De hecho, el árbol simboliza la realidad física de lo continuo y lo discontinuo, más aun, la alianza entre el yo y el
ser. Las raíces son la manifestación, las hojas, la luz o la música; el árbol invertido de la Cábala es un ideograma que
express el mundo cósmico donde lo alto y lo bajo invertidos se conjugan fuera del espacio-tiempo en el eje del infinito presente.

INDICE
Introducción
1- El árbol de la vida
El jardín del Edén
El culto al árbol ancestral
2- El árbol cósmico
El árbol y la cruz
3- El árbol de la ciencia del bien y del mal
4- El árbol en la tradición judía
El árbol invertido
5- El árbol del tiempo
6- El árbol, la alquimia y la inmortalidad