Eisejuaz, de Sara Gallardo

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Ed. Agea, año 2000. Tapa dura con sobrecubierta. Tamaño 21,5 x 13,5 cm. Prólogo de Elena Vinelli. antidad de páginas: 148

Eisejuaz, Sara Gallardo063Casi desconocida por el gran público por el lugar marginal que ocupa en el canon literario actual (se editó sólo una vez, en 1971), la novela Eisejuaz confirma el decir de su autora, Sara Gallardo: «Escribir es un oficio absurdo y heroico» (1977). Si las más de las escritoras escapan al canon de la literatura argentina, este hecho no se debe específicamente ni a los escritores ni a ellas mismas, sino al circuito difuso que dibujó la historia de las instituciones bajo el dominio de una cultura masculina que, sistemáticamente, hubo de privilegiar el hacer del varón. Y no cualquier hacer ni cualquier varón, porque también el del escritor es un oficio absurdo y heroico, por lo menos en la Argentina. Sin embargo, las operaciones de exclusión se han ejercido y ensañado históricamente con las mujeres, cerrándoles el acceso político y público y estrechando el círculo del «reconocimiento social» sobre el espacio cerrado del hogar sin cuarto propio. Entonces, son cuestiones referidas al poder y a la construcción social de ambos géneros las que hicieron que esa diferenciación cultural fuera objeto de desigualdad; situación que alcanza, también, en el campo de la literatura, a los textos cuya autora sea una mujer; no es dable asignar esa situación de desigualdad a lo que se dio en llamar «escritura femenina».

La novela Eisejuaz viene a contradecir la concepción dicotómica que opone la «escritura femenina» a la «escritura masculina» como si hubiese, en la escritura misma, ciertos rasgos de diferenciación sexual. Es la construcción sociocultural de los géneros la que viene a diferenciar la subjetividad femenina de la masculina, a través de unos rasgos —social e históricamente variables— que no son inherentes a la escritura sino anteriores y posteriores a dicha práctica, y que pueden o no ser asignados al sujeto ficcional que ha sido creado en un texto. Ya lo había hecho notar Virgina Woolf: la escritura literaria escapa a toda atribución sexual y ostenta su neutralidad; (el Orlando sería el modelo de la transexualidad de la escritura o de la hibridez sexual desde la que el sujeto que está escribiendo puede hacer hablar a mujeres y hombres; el lenguaje, aunque siempre social, en la medida en que participa del mundo de la ficción, escapa a la determinación del género respecto de su autoría). La escritura excede los campos definidos de lo que puede ser una escritura femenina o masculina. Más bien la lengua hace al otro y lo hace personaje, sea masculino o femenino.

Así lo hace la escritora en Eisejuaz, desde el momento en que crea una subjetividad masculina que es, a su vez, un sujeto trágico. Un indio que oye voces que vienen de otro lado (de las nubes, del viento, del avión, del río, de su corazón, etc.). Un sujeto múltiple que se refiere a sí mismo como «yo», «Eisejuaz», «Éste También», que se nombra a sí mismo como un yo y como otredad. Es un creyente, con vocación de místico, que no entiende lo que oye pero obedece a esas voces que le indican su destino: las voces-otras o su propia voz múltiple y tercerizada. Obedece entonces a esas voces sacralizadas y oraculares que se oponen a lo que él mismo desea ser, y vive en esa tensión entre lo que ordenan las voces y lo que su mínima sociedad espera de él. Un destino que repugna a los suyos y a él mismo, y al que acepta, leal a su creencia, aunque entrañe una aparente traición a las tradiciones de su pueblo. Semejante a la tensión de Abraham frente a la voz divina que le ordena matar al primogénito, Eisejuaz se debate entre su destino humano, para el que le fue dada la fuerza, y su destino místico, más allá de que no lo entienda.

Conciencia mística (o psicótica) de un indio mataco cuya figura se torna indisociable del lenguaje que lo construye, la novela está centrada en la construcción de esa voz y, en ese sentido, se entreteje en sincronía con la tradición de Juan Rulfo, de Joáo Guimaraes Rosa, de Augusto Roa Bastos, de Clarice Lispector; una poética que consigue recuperar en el habla (que protagonizan indígenas o campesinos) una experiencia intensa e interna de un sujeto inocente, cuyo mundo es el de la subjetividad del personaje que construye su lenguaje y, a su vez, el del lenguaje del mismo que hace su subjetividad. Una novela que se apropia y pervierte las innovaciones formales de la novela europea y norteamericana, de Joyce y Faulkner, y se recrea en la oralidad indígena y bilingüe, ficción plena de acentos prehispánicos.

Luego, el sentido no se cierra en la novela: así como Henry James en Otra vuelta ele tuerca creó una subjetividad femenina de la que resulta indecidible decir si ve fantasmas porque los hay o porque los crea desde su conciencia psicótica y, con ello, James construye la bisagra de k ambigüedad de los lectores que se baten entre dos tradiciones literarias (de los siglos XVIII al XX) y lleva —sin inocencia— al límite de lo indecidible la conciencia fantasmagórica del lector (de cualquier clase de fantasmas que hablemos, siempre los seguimos llamando fantasmas); es decir, pone una trampa en la que cae tanto el lector-creyente postgótico como el «avisado» y descreído lector postfreudiano, con lo que iguala a ambos desde una escritura en la que caen entrampados dos siglos de lectores —«inocentes» y «avisados»— a los que no les queda otra alternativa que incrustarle algún sentido a lo que les es contado; y entonces, James, en un doble movimiento, supera o cierra o denuncia la impostura de dos siglos.

Así, Sara Gallardo crea una subjetividad masculina de la que decidir si es mística o psicótica (oye las voces del Señor y de sus mensajeros o terceriza sus múltiples voces subjetivas) implica más al lector (a su ideología, supuestos y marcas culturales) que al personaje mismo y a la autora. Ambos personajes son, por decir así, inocentes y, ambos, trágicos y creyentes; ambos contradicen con la unicidad de su creencia el espacio que abren a la duda del lector o al espejo de la «comprensión» del lector creyente. En ambos casos, la unicidad de la creencia de los personajes se construye y se paga con el alto precio de la escisión: escindidos ellos mismos en el «yo» y el «ellos»: las figuras fantasmales que ve la institutriz de James; las voces sacras o sacralizadas que oye(n) Lisandro Vega (Eisejuaz, Éste También, el comprado por el Señor, el del camino largo; yo, Agua Que Corre, inmortal). Y ése no es el único precio que pagan los inocentes de toda inocencia: la institutriz paga con la muerte del niño al que cuida y ama (sea que lo mate, sea que se lo arrebate un fantasma); Eisejuaz paga con la pérdida del destino que había soñado para sí, que había sido augurado por su madre y esperado por la mínima sociedad de su tribu. Eisejuaz se debate entre la pérdida de su destino —la traición a su pueblo que conlleva el acto de servidumbre que dirige al más vil y andrajoso de todos los «señores»—, y la salvación de su pueblo que deviene del acto incomprensible para el que su Señor le compra las manos. «Te digo: [dice al Señor] Es difícil cumplir en este mundo de sombras».

El íntimo grupo de escritores allegados a Sara Gallardo reconocieron siempre —entonces y ahora— la excelencia de esta novela y muchos de ellos se lo hicieron saber, más allá de que ella no terminara de creerles. El 1° de diciembre de 1971, desde El Paraíso, Manuel Mujica Láinez le escribe:

Querida Sara: Esta mañana terminé la lectura de tu novela «Eisejuaz», que me mandó, con otras, la Editorial Sudamericana, y de inmediato sentí la necesidad urgente de enviarte unas líneas de felicitación muy entusiasta y muy sincera. ¡Qué libro extraño y bello has logrado!

No imagino cómo se te ocurrió, ni cómo te atreviste a emprenderlo. ¡Qué audacia! Todo se ajusta en él a k perfección: la psicología del con¬movedor —tan humano y santo— indio mataco; la atmósfera en la cual se desarrolla su vida; los personajes que lo rodean encabezados por el infernal Paqui; el idioma con el cual Eisejuaz narra su historia terrible y absurda, una lengua que implica una verdadera creación, que manejas admirablemente de un extremo al otro del libro, y que me temo sea contagiosa. Ojalá la gente comprenda lo valioso de tu texto. Ojalá —como me sucedió a mi— atraviese, deje atrás, la sorpresa, la desazón de las primeras páginas y, una vez adaptada a las exigencias de un relato que hubiese perdido notablemente si no hubiera sido redactado así, se interne en la singularidad alucinante del mundo que te adeudamos. No sé —lo ignoro casi todo de la literatura latinoamericana— si en otro país de nuestro continente han intentado nada, por ese mismo y peligroso camino. Aquí, tengo k certidumbre de que no existe nada en el tipo de tu libro, el cual será seguramente imitado […]. Nos llenaremos, por causa tuya, de confesiones indias. Aunque, ¡quién sabe! No es tan fácil. […]
En fin, me despido saturado, gracias a ti, de imágenes nuevas y quedo en compañía de un héroe mitad ángel y mitad monstruo que, en el medio de la mediocridad intelectual que nos rodea, se alza con la robustez de un testimonio.

Te abrazo. Manucho

[Carta inédita, facilitada por Paula Pico]

Sara Gallardo nace en Buenos Aires en 1931. Recorre los espacios de la literatura desde la biblioteca familiar y como corresponsal de revistas o columnista de diarios, sea en compañía de su primer esposo, Pico Estrada, o de su segundo esposo, H. A. Murena. Desde muy joven se inicia en el nomadismo: una mujer errática que se desplaza de Buenos Aires a Europa (1949), América Latina (1960), Medio Oriente (1965), norte de la Argentina (1968), Cataluña y Provenza (1971). Para ese entonces ya ha publicado sus novelas Enero (1958), Pantalones azules (1963, Tercer Premio Municipal en el 64), Los galgos, los galgos (1968, Primer Premio Municipal 69 y Premio Ciudad de Necochea de la VI Fiesta Nacional de las Letras, de cuyo jurado participan Leopoldo Marechal, Aldo Pellegrini y Juan Carlos Ghiano). Eisejuaz es de 1971. Cuando muere Murena se aísla con sus hijos en Cruz Grande y en un lugar de El Paraíso (la casa que le ofrece Manuel Mujica Láinez en La Cumbre, Córdoba). Allí encuentra, hojean¬do Eisejuaz, la frase que había olvidado: «Un animal solitario termina devorándose a sí mismo». Si la escritura es también una clave de la experiencia secreta de su autor, entonces ella sabe oírla, sabe que es la puerta de un viaje y vuelve a partir: se instala —siempre con sus hijos— en Barcelona (1977), Suiza (1980) y Roma (1982) sin poder sujetar en un solo espacio su «cuerpo de mil vidas». Publica el libro de cuentos El país del humo (1977) y la novela La rosa en el viento (1979). Errática, nómade, cosmopolita, vive de lo que le llega en suerte o de los caminos que le abren sus amigos y amigas escritores: casi siempre se gana la vida escribiendo para diarios y revistas (entre otros, La Nación). De esos trabajos elige los que publica en las Páginas de Sara Gallardo (1987). Y escribe. La escritura se lleva puesta a cualquier lugar del mundo y ella anda de una parte a otra sin asiento fijo; ser escritora es para ella una fatalidad, una misión, un des¬tino inevitable. Muere en forma imprevista en brazos de los suyos cuando los visita en Buenos Aires, en 1988.

Elena Vnelli