Diarios tempranos. Donoso in progress 1950-1965

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Ed. Universidad Diego Portales, año 2016. Tamaño 23 x 15 cm. Edición a cargo de Cecilia García Huidobro. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 706

Diarios tempranos, Donoso298Donoso fue desde joven un infatigable escritor de diarios, y hoy se conservan unos ochenta cuadernos de su puño y letra, divididos en dos colecciones, una en la Universidad de Iowa y otra en la Universidad de Princeton. El libro de su hija Pilar Donoso, Correr el tupido velo, abarcó los diarios del segundo período, mientras que el presente volumen, editado por Cecilia García-Huidobro, pone el foco en los diarios de la primera época (1950-1965), aquellos que registran los tempranos balbuceos creativos y la incansable autoexploración del escritor chileno en busca de una identidad literaria. En Diarios tempranos. Donoso in progress asistimos a la milagrosa intimidad de un autor que bulle de entusiasmo, no ceja, prueba una y otra vez, y se espolea con una frase que lo retrata de cuerpo entero: «Me muero de ganas de escribir».

La primera gran señal de lo que quedaba por descubrir llegó el año 2009 de la mano de su hija. La publicación de ese extraordinario libro de Pilar Donoso, Correr el tupido velo, asombró incluso a sus más cercanos, o especialmente a ellos, habría que decir mejor. Con un logradísimo tono y basada en los diarios y cartas de su padre, Pilar relata su historia familiar con descarnado aliento. Como si se tratara de una película expresionista, la realidad aparece envuelta en sombras que la desfiguran arrojando su verdad más abismal. Todos entendimos entonces que el archivo de José Donoso era más que el registro de la memoria del escritor, era también su contra/obra. Una profunda otredad quedaba por rastrear en esos diarios. Nuevas luces para revisitar toda su obra.

Donoso, en cambio, siempre lo supo. “Sé que estos cuadernos no morirán conmigo, por eso tengo miedo de que mucho de lo que digo aquí sea trampa, mentira, pose, manierismo. Esta página -es maravilloso y terrible pensarlo- me sobrevivirá en los sótanos climatizados, antibomba de hidrógeno, donde se guarda, me complace decirlo, justo al lado de los originales de Lewis Carroll, de Alicia en el país de las maravillas (el verdadero apellido de Carroll era Dogson). Sin duda, este hecho me hará falsear un poco -espero que sea muy poco- la imagen de mí mismo que pretendo dar, pero voy a rajarme para que no sea así. Que lo que quede aquí sea la verdad, y así esta carne viva mía que son mis diarios me sobreviva además de las fantasías de mis libros. Por otra parte, este deseo puede no pasar de ser un impulso. Puede terminar con este párrafo, y todo esto, y más que todo esto, y todo aquello que soy capaz de controlar, quede cifrado en forma mucho más clara y espontánea y compleja en mis fantasías escritas, que dejarán dibujado el verdadero contorno de mis facciones”.

No se sabe exactamente cuándo empezó Donoso a escribir los diarios.

Probablemente haya sido en su viaje a Punta Arenas en 1945, a los veinte años. Pero el primero de ellos que se conserva, rotulado por él mismo como «A», es de 1950 y lo escribió durante su estadía como estudiante en la Universidad de Princeton, a donde llegó gracias a una beca de la Doherty Foundation que le ayudó a conseguir Inés del Río, doña Momo, la madre de su amigo Fernando Balmaceda.

Está escrito en su mayor parte en inglés y, entre otras cosas, elabora bocetos para lo que serán los dos primeros cuentos que publicó, en una revista de la universidad, MSS, «The Poisoned Pastries» y «The Blue Woman», y otros que nunca publicó, como «Tea» o «Maundy Thursday». Había varias revistas en Princeton y MSS intentaba abrirse camino gestionada por los propios estudiantes.

Así lo relata Robert Keeley, compañero y amigo de Donoso además de director de la publicación, en un texto que publicó tras la muerte del escritor: MSS Revisited. Para financiarla decidieron vender suscripciones, y en ello Pepe desplegó todo tipo de estrategias, desde instalarse con una mesa a venderlas hasta hacer puerta a puerta a los alumnos en sus dormitorios. Según Keeley, «el elemento más efectivo de su capacidad de venta era su persistencia, su habilidad para convencer a cautelosos estudiantes de años superiores que según él cometerían un grave error si es que la rechazaban. Generalmente se invitaba solo a la pieza, sin preguntar; tomaba posición en algún asiento desocupado y daba la impresión de que no podía irse de la residencia hasta que le colaboraran. Un dólar no es tanto dinero cuando se necesita para conseguir paz y calma. De esa forma José vendió más de doscientas suscripciones, mucho más que todos los demás miembros de MSS juntos. Alcanzamos un total de trescientas cincuenta y decidimos continuar» (Keeley, 1998).

Una experiencia que debe haber sido muy útil cinco años después cuando publicó su primer libro, Veraneo y otros cuentos, autoedición que financió recurriendo a un sistema semejante de venta anticipada para conseguir el dinero que le permitiera pagar la impresión. Era uno de esos pocos momentos en que Donoso veía confluir su vocación literaria con esa atracción por lo socialité que siempre lo acompañó, ya que de la venta participaban sus amigos, familia y toda una red de contactos de esa clase social que su obra se ocupó de retratar descarnadamente. Su primera novela, Coronación, siguió el mismo camino de comercialización. Aunque la publicó la editorial Nascimento, le entregaron 700 ejemplares como derecho de autor, con la salvedad de que debía venderlos de manera informal. Nuevamente se activó la red.

[…]

Me pregunto cómo interpretar el hecho de que el primer cuaderno de Donoso fuese en realidad un notebook. ¿Es casualidad? ¿Usó el inglés como exploración de un lenguaje propio, como máscara encubridora? ¿Sencillamente porque se encontraba en Princeton?

Puede ser que esa lengua no fuera precisamente un exilio para él, como pudo haber apostado inicialmente. El desplazamiento vital de Donoso no parece emerger del dilema de en qué lengua escribir.

Si lo tuvo, lo despejó pronto. En cualquier caso, el idioma estuvo siempre entre las inquietudes de nuestro autor. En 1970, por ejemplo, apunta en su cuaderno: «Quizás si hallara en español un ejemplo de escritor que influyera en mi estilo, como Virginia Woolf influye en inglés, sería fácil. Pero [es] evidente que soy poco sensible al idioma español y su belleza. Daría mi vida por escribir en inglés. Pero tampoco puedo» (Cuaderno 43, Universidad de Princeton). A lo mejor en sus estadías en Buenos Aires había leído a Oliverio Girondo, a quien también en algún momento le incomodó el castellano y llegó a decir que «hasta Darío, no existía un idioma tan rudo y maloliente como el español» (Girondo, 2014: 82). Como fuere, lo suyo serán las mudanzas, la impostura, la usurpación. El trasvasije de una lengua a otra, de una lectura a muchas.

No volvería a escribir en inglés en los casi cincuenta años que mantuvo el diario, aunque solía, al igual que en la conversación, salpicar sus textos de expresiones y frases en ese idioma. Los escribirá en español y los mantendrá casi hasta su muerte el año 1996. La última entrada es de noviembre de 1995, aunque ya se habían espaciado mucho: hay un solo registro ese año y casi no hay de 1994, en cambio en 1993 escribe bastante, sobre todo durante su estadía en Washington.

INDICE
Introducción
1- “He pasado el día leyendo”
2- Momentos íntimos
3- La familia como abrevadero
4- Conjeturas a la hora de la creación
5- Viajes: búsqueda y huida
6- “Me muero de ganas de escribir…”
7- Periodismo y conferencias
8- Aprontes para una coronación
9- Donoso puesto en escena
10- El pájaro en el nido
Anexos
Glosa para tres poemas
Algunos relatos entrampados en los diarios
“Paula Mancheño”
“El portero”
“Pasos en la noche”
“La barba del maldito”
“Temporada en el limbo”
“La casa particular”
Nota final
Referencias bibliográficas