Crónicas de Bustos Domecq, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

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Ed- Losada, año 1968. Tamaño 20,5 x 12,5 cm. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 148

cronicas-de-bustos-domecq350Un poco a la manera de Carlyle, cuyo Sartor Resartus (Sastre zurcido) expone !a doctrina de un filósofo imaginario y la ilustra con ejemplos apócrifos, H. Bustos Domecq dedica este volumen a la discusión imparcial de literatos, de escultores, de arquitectos, de gastrónomos y de pintores que, por el momento, no existen, pero que son peligrosamente posibles, dadas las propensiones de la época.

El tono es humorístico, según lo impone todo examen severo de las manifestaciones más novedosas del arte y de las letras durante los últimos sesenta años. Veinte crónicas, casi todas de índole narrativa, integran este libro que satiriza lo universalmente consagrado, respetado, adulado y temido: es decir, lo moderno.

En el desorientado siglo que corre, la ignorancia y la inepcia son infatigablemente inventivas; nos consta que H. Bustos Domecq ha debido espolear a su Pegaso para que la realidad no lo deje atrás. Según lo señala el prólogo que avalora Gervasio Montenegro, estas impares Crónicas constituyen el vademecum indispensable para el curioso que quiera echar una ojeada sobre el conjunto panorámico de la estética en boga. Su redacción jocosa, apunta agudamente ex cathedra el profesor adjunto Longino, no excluye el pensamiento serio.

Por Gervasio Montenegro
Buenos Aires, 4 de julio de 1966

Abordo una vez más, a instancias del amigo inveterado y del escritor estimable, los inherentes riesgos y sinsabores que acechan, pertinaces, al prologuista. Estos no eluden a mi lupa, por cierto. Nos toca navegar, como el homérida, entre dos escollos contrarios. Caribdis: fustigar la atención de lectores abúlicos y remisos con la Fata Morgana de atracciones que presto disipará el corpus del librejo. Escila: sofrenar nuestro brillo, para no oscurecer y aun anéantir el material subsiguiente. Ineluctablemente las reglas del juego se imponen. Como el vistoso tigre real de Bengala que retiene la garra para no borrar de un zarpazo las facciones de su trémulo domador, acataremos, sin deponer del todo el escalpelo crítico, las exigencias que de suyo comporta el género. Seremos buenos amigos de la verdad, pero más de Platón.

Tales escrúpulos, interpondrá sin duda el lector, resultarán quiméricos. Nadie soñará en comparar la sobria elegancia, la estocada a fondo, la cosmovisión panorámica del escritor de fuste, con la prosa bonachona, desabrochada, un tanto en pantoufles, del buen hombre a carta cabal que entre siesta y siesta despacha, densos de polvo y tedio provinciano, sus meritorios cronicones.

Ha bastado el rumor de que un ateniense, un porteño -cuyo aclamado nombre el buen gusto me veda revelar- consolidara ya el anteproyecto de una novela que se intitulará, si no cambio de idea, Los Montenegro, para que nuestro popular “Bicho Feo” (mote cariñoso de H. Bustos Domecq en la intimidad), que otrora ensayó el género narrativo, se corriese, ni lerdo ni perezoso, a la crítica. Reconozcamos que esta lúcida acción de darse su lugar ha tenido su premio. Descontado más de un lunar inevitable, la obrilla expositiva que nos toca hoy prologar ostenta suficientes quilates. La materia bruta suministra al curioso lector el interés que no le insuflaría nunca el estilo.

En la hora caótica que vivimos, la crítica negativa es a todas luces carente de vigencia; trátase con preponderancia de afirmar, allende nuestro gusto, o disgusto, los valores nacionales, autóctonos, que marcan, siquiera de manera fugaz, la pauta del minuto. En el caso presente, por otra parte, el prólogo al que presto mi firma ha sido impetrado por uno de tales camaradas a quien nos ata la costumbre. Enfoquemos, pues, los aportes. Desde la perspectiva que le brinda su Weimar litoral, nuestro Goethe de ropavejería ha puesto en marcha un registro realmente enciclopédico, donde toda nota moderna halla su vibración. Quien anhelase bucear en profundidad la novelística, la lírica, la temática, la arquitectura, la escultura, el teatro y los más diversos medios audiovisuales, que signan el día de hoy, tendrá mal de su grado que apechugar con este vademecum indispensable, verdadero hilo de Ariadna que lo llevará de la mano hasta el Minotauro.

Levantaráse acaso un coro de voces denunciando la ausencia de alguna figura cimera, que conjuga en síntesis elegante el escéptico y el sportsman, el sumo sacerdote de las letras y el garañón de alcoba, pero imputamos la omisión a la natural modestia del artesano que conoce sus límites, no a la más justificada de las envidias.

Al recorrer con displicencia las páginas de este opúsculo meritorio, sacude, momentánea, nuestra modorra una mención ocasional: la de Lambkin Formento. Un inopinado recelo nos acribilla. ¿Existe, concretado en carne y hueso, tal personaje? ¿No trataráse acaso de un familiar, o siquiera de un eco, de aquel Lambkin, fantoche de fantasía, que dio su augusto nombre a una sátira de Belloc? Fumisterías como esta merman los posibles quilates de un repertorio informativo, que no puede aspirar a otro aval —entiéndase bien— que el de la probidad, lisa y llana.

No menos imperdonable es la ligereza que consagra el autor al concepto de gremialismo, al estudiar cierta bagatela en seis abrumadores volúmenes que manaron del incontenible teclado del doctor Baralt. Se demora, juguete de las sirenas de ese abogado, en meras utopías combinatorias y neglige el auténtico gremialismo, que es robusto pilar del orden presente y del porvenir más seguro.

En resumen, una entrega no indigna de nuestro espaldarazo indulgente.

ÍNDICE
Prólogo
Homenaje a César Paladión
Una tarde con Ramón Bonavena
En búsqueda del Absoluto
Naturalismo al día
Catálogo y análisis de los diversos libros de Loomis
Un arte abstracto
El gremialista
El teatro universal
Eclosiona un arte
Gradus ad parnasum
El ojo selectivo
Lo que falta no daña
Ese polifacético: Vilaseco
Un pincel nuestro: Tafas
Vestuario I
Vestuario II
Un enfoque flamante
Esse est percipi
Los ociosos
Los inmortales