Cooke. El heredero maldito de Perón, de Franco Lindner

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Ed. Sudamericana, año 2006. Tamaño 23 x 16 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 336

Cooke, Lindner170“…Cooke volvió del existencialismo francés al peronismo. Estaba satisfecho porque sabía que el Presidente leía su revista con atención. Se lo había contado Ramón Prieto, el doble agente que trabajaba con él y con Apold. El General se reía a carcajadas con las insolencias de Hellen Ferro, que azotaba a las ex amantes de su fallecido cuñado playboy. Y también se divertía con los caprichosos contenidos que John imponía en su semanario. Por ejemplo, De Frente hablaba de la escasez de taxis en la Capital, que obviamente afectaba a su director, quien había devuelto el Oldsmobile de sus tiempos de diputado. O denunciaba la “mafia” de los prestamistas por deudas de juego, un tema que John conocía a fondo por su adicción al póquer.

Los editoriales políticos le causaban menos gracia al Presidente, pero no llegaban a molestarlo. En esas líneas escritas por Cooke, los villanos siempre eran sus subalternos, jamás el propio Perón. Además, las tapas nunca se referían al Gobierno, sino a personajes como Gina Lollobrigida, Charles Chaplin, Luis Sandrini, San Martín, Hugo del Carril, el Mono Gatica o Julio Elias Musimessi, el arquero cantor de Boca.

Una sola vez Perón se enojó al leer la revista. Fue en julio de 1954, cuando De Frente condenó las negociaciones oficiales con la compañía petrolera California, la subsidiaria argentina de la Standard Oil de los Estados Unidos. El ex diputado, que había votado en contra de las Actas de Chapultepec, volvía a la carga: se oponía a que una empresa de capital extranjero —y encima norteamericano— se quedara con la explotación del petróleo argentino. El pataleo duró algunas semanas, pero los mensajes que Apold le enviaba por intermedio de Prieto terminaron haciendo efecto. Después de todo, la firma del contrato con la California estaba supeditada a la aprobación del Congreso. Y Cooke no quería enfrentarse a Perón por algo que no había ocurrido aún. Todos los jueves al mediodía, el Presidente mandaba a su edecán Alfredo Máximo Renner a la redacción de la avenida Rivadavia para que buscara un ejemplar de la revista. Quería leerla antes de que llegara a los quioscos. John, orgulloso, le daba todas las que tenía a mano.

“Mandale mis saludos al Presidente” -despedía al edecán- “decile que me gustaría hacerle una nota”

La insistencia dio resultado. A fines de 1954, Cooke consiguio una audiencia en la Casa Rosada. Era el momento que tanto había esperado: un diálogo a solas con aquel hombre legendario. Perón sabía de su participación en el plan abortado de las milicias obreras, y también recordaba los comentarios de su secretario Ramón Landajo, que describían al ex diputado como un adicto a la noche y a la cocaína. Además, estaba al tanto de que John había sido uno de los autores de la burla bizantina de Teodora y Justiniano, aunque al General nunca lo molestó esa comparación: no tenía nada en contra de las prostitutas convertidas en emperatrices. El día de la cita, Cooke se aguantó sin fumar casi dos horas, como cuando conoció a la primera dama. Estaba nervioso.

“Señor Presidente, muchas gracias por recibirme” —dijo con un hilo de voz, mientras sacaba con torpeza la libreta de apuntes.

“Guarde eso, m’hijo” -ordenó Perón— “Usted no vino acá como periodista, sino como amigo. Así que cuénteme, ¿cómo ve la cosa?”

A John le temblaron las rodillas. ¿El General le estaba pidiendo consejo a él? Empezó a enhebrar palabras como las de sus editoriales en De Frente, aunque menos sentenciosas. El panorama no era sencillo, dijo. Dos años de sequía habían complicado la situación económica, la inflación era un fantasma latente y la caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios afectaba al sector exportador. Además, crecía el descontento entre los militares y los curas, dos socios estratégicos del Gobierno. La ausencia de Evita le había restado mística al movimiento. Y el propio Presidente había reconocido que gobernaba “entre ladrones y alcahuetes”. Perón escuchaba y sonreía con cara de esfinge. Recién lo frenó cuando el ex diputado volvió al ataque con la idea de repartir pistolas y ametralladoras entre los trabajadores.

“Mire, m’hijo —le explicó— “si hago eso, mañana mismo tendré a los generales en esta oficina. Aunque no les dé audiencia”.

¿Tan maniatado estaba Perón? ¿O se trataba de una excusa para no pelear, ahora que ninguna emperatriz se lo reclamaba? Para distender el clima, Cooke habló de Enrique Santos Discépolo, el amigo común que había muerto tres años atrás. Mas que un compositor de tangos, ambos lo definían como el mayor filósofo argentino. Se habían desencontrado en el velatorio: John llego cuando el General, siempre madrugador, ya se había ido. Discépolo, que algo entendía de contrastes, jamás se los hubiera imaginado juntos. Pero allí estaban, como la Biblia y el calefón, tan distintos y a la vez tan compatibles: el estratega vivaracho y el idealista impaciente, el militar cansado y el miliciano dispuesto, el político consumado y el revolucionario en ciernes. Antes de despedirlo, Perón elogió la revista De Frente. Cooke no se animó a volver sobre el tema de la petrolera California. Pero recordó un discurso que el Presidente había dado días atrás para negar que hubiera crisis, inflación o problemas con las exportaciones. La economía era una especialidad del ex diputado.

“Fue muy interesante —lo elogió— “Pero usted sabe que algunos números que mencionó no son tan así”

El General le guiñó un ojo:

“John, déjele esas cosas al gobierno. Los trabajadores se preocupan porque sube el dólar, ¿y cuándo ellos vieron un dólar?”

“Nunca”

“Y entonces, ¿por qué se preocupan?, hay que dejarle esas cosas al gobierno”

Cooke saboreaba cada palabra. Era un curso acelerado de pragmatismo. Esa mañana se fue del despacho presidencial con una mezcla de excitación e incertidumbre. Aquel hombre le seguía pareciendo un misterio imposible de encasillar: frontal y ambiguo, valiente y conservador, noble y pícaro, carismático y terible.

“Vaya, m’hijo -lo despidió Perón- “ya sé que puedo contar con usted”

“Para lo que sea, General” -casi gritó Cooke

Estaba tan eufórico y confundido como cuando Jébele Sand lo despachaba con dulces mentiras en la puerta de su edificio.

¿Perón también lo terminaría engañando?

INDICE
1- Johncito
2- Evita y los leprosos
3- Con el General
4- La cárcel
5- El delegado drogadicto
6- El frigorífico
7- Bahía de los Cochinos
8- La escuela del Che
9- Maten a Cooke
10- Cáncer y resurrección