Contra Sainte Beuve. Recuerdos de una mañana, de Marcel Proust

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Ed. Tusquets Colección Andanzas, año 2006. Tamaño 21,5 x 14,5 cm. Edición y prólogo de Antoni Marí y Manuel Plá. Traducción de Javier Albiñana. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 326

Contra Sainte-Beuve, Proust059Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana [Contre Sainte- Beuve. Souvenirs d’une matinée], el libro que el lector tiene en sus manos, es un proyecto narrativo y ensayístico que Marcel Proust preparó y redactó entre el invierno de 1908 y el otoño de 1909, y que nunca se publicó en vida del autor.

El interés de Proust por el crítico Sainte-Beuve se remonta al año 1890, y las alusiones a éste y a sus obras aparecen a partir de 1896 en su correspondencia, donde en varias ocasiones afirma el divertido placer que le procura la lectura del crítico. A partir del año 1903, en un artículo publicado en Le Figaro, «Le salon de S.A.I. la princesse Mathilde», Proust empieza a poner de manifiesto una reticencia contra Sainte-Beuve que con el tiempo irá creciendo en acritud, ya que la posición del crítico con respecto a la literatura y, sobre todo, a los creadores, es radicalmente opuesta a la suya.

Aunque Proust empieza a escribir Contra Sainte-Beuve a principios de 1908, todavía a finales de ese año duda de la forma que dará al libro. Simultáneamente a la redacción de este ensayo, Proust escribe los primeros esbozos de un relato en el que defiende la importancia de la memoria involuntaria frente a la facultad de la inteligencia, relato que se inicia con la escena del despertar de una mañana cualquiera y la visita de su madre. La parte narrativa y la parte ensayística todavía no están suficientemente definidas, y la idea de alternarlas no termina de cuajar, lo cual suscita en Proust serias dudas e inquietantes cuestiones, que quedan formuladas en el Carnet 1 o Carnet de 1908: «La pereza o la duda o la impotencia se refugian en la incertidumbre sobre la forma del arte. ¿Debo hacer una novela, un estudio filosófico? ¿Soy novelista?».

En noviembre de 1908 Proust empieza una nueva redacción, que a partir de marzo de 1909 irá cobrando la forma de una novela, la cual a su vez invadirá lentamente el proyecto ensayístico. Los elementos narrativos van adquiriendo fuerza y le permiten adentrarse cada vez con mayor seguridad en una novela sobre la memoria, en la que trabaja hasta julio de 1910, cuando Gastón Calmette, su posible editor, rechaza el manuscrito. En este punto abandona el proyecto Sainte-Beuve, y con los esbozos que formaban parte de él empieza a escribir En busca del tiempo perdido [A la recherche du temps perdu].

La primera noticia de este proyecto de Proust la encontramos en una carta del 5 de mayo de 1908, dirigida a Louis d’Albufera, en la que le informa de los temas en los que está trabajando en esos momentos: «Un estudio sobre la nobleza, una novela parisina, un ensayo sobre Sainte-Beuve y Flaubert, un ensayo sobre las mujeres, un ensayo sobre la homosexualidad (difícil de publicar), un estudio sobre las vidrieras, un estudio sobre las piedras sepulcrales, un estudio sobre la novela». Son temas diversos, sin aparente relación entre ellos, pero que surgen reiteradamente en Contra Sainte-Beuve y en En busca del tiempo perdido.

Proust redactó los primeros esbozos de esta obra entre enero de 1908 y noviembre de ese mismo año, esbozos que conforman la serie de folios clasificados como «Proust 45». En ella se propone exponer sus ideas sobre su concepción de la crítica y del arte: «Creo que podría decir sobre Sainte-Beuve, y más bien a propósito de él que sobre él mismo, cosas que pueden poseer su importancia, que, mostrando en qué ha pecado a mi juicio como crítico y como persona, tal vez me viese capaz de decir, acerca de lo que deben ser la crítica y el arte, determinadas cosas que suelen rondarme por la cabeza. De pasada, y a propósito de su persona, como tantas veces lo hace él, me serviría para referirme a ciertas formas de vida… Podría decir unas palabras acerca de algunos de sus contemporáneos sobre los cuales tengo también cierta opinión formada. Y luego, tras haber criticado a los otros, y, olvidándome ya de Sainte-Beuve, trataría de explicar lo que hubiera sido para mí el arte».

Hacia diciembre de 1908, Proust escribe a su amigo Georges de Lauris: «¿Puedo pedirte un consejo? Quiero escribir algo sobre Sainte-Beuve. Tengo en la mente dos artículos más o menos pergeñados (artículos de revista). Uno es un artículo de forma clásica, el ensayo al estilo de Taine de menor envergadura. El otro empezaría por el relato de una mañana, mi madre se acercaría a mi cama y yo le explicaría un artículo que quiero escribir sobre Sainte-Beuve. Y lo desarrollaría. ¿Qué te parece mejor?».

Años después, Georges de Lauris, recordando su amistad con Proust, publicó en la Revue de Paris el artículo «Marcel Proust d’aprés une correspondance et des souvenirs», donde confirma la existencia del proyecto: «Me pidió los siete volúmenes de Port Royal [una obra de Sainte-Beuve]. Y se pregunta si tiene que escribir este estudio como lo harían Taine o Renán, o bien empezar con una especie de escena íntima y seguir con un diálogo con su madre, todo ello enmarcado en recuerdos personales de una mañana. En este caso cree que todo el fondo, todo el secreto de su pensamiento se liberará…».

Este libro no es la edición de un manuscrito ordenado, cerrado y corregido o pasado a limpio por Marcel Proust, sino un extenso conjunto de fragmentos, dispersos en documentos de índole diversa que comparten una idea y varios temas.

La idea que recorre como una iluminación Contre Sainte- Beuve, y de hecho toda la novela En busca del tiempo perdido, es que quien ha escrito un poema o una obra que nos han conmovido no es esa misma persona de la que conocemos sus relaciones sociales, sus hábitos y la vida que ha llevado entre los hombres. El escritor es aquel que, en soledad y silencio, ha sido capaz de descubrir el secreto que se esconde en su interior, y que nunca habría podido conocer, ni dar a conocer, si no hubiera tenido la posibilidad de darle forma mediante la escritura. Así, el «yo» que escribe no es el «yo» que vive entre las cosas del mundo. El «yo» del artista es un yo interior, íntimo y particular, que busca expresarse y que jamás llega a establecer relación alguna con el yo histórico, mundano y contingente.

Por esta razón, en opinión de Proust, «en ningún momento parece haber entendido Sainte-Beuve lo que de particular tienen la inspiración y el quehacer literario, y aquello que diferencia por completo este último de las demás ocupaciones del escritor. [Sainte-Beuve] no establece límite alguno entre [la conversación y] la labor literaria, donde, en soledad, […] nos enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, procuramos oír, y expresar, el sonido genuino de nuestro corazón».

En esta afirmación aparece el germen de la postura de Proust contra el crítico, que confunde el yo profundo del escritor con el yo contingente y social del hombre: «… ese método que consiste en no separar al hombre de la obra, en considerar que, para juzgar al autor de un libro […], es importante el echar mano de toda la información posible sobre un autor, el cotejar su correspondencia, el interrogar a los hombres a los que ha conocido, conversando con ellos si viven todavía, leyendo lo que hayan escrito sobre él si han muerto, ese método desconoce lo que una frecuentación un poco profunda con nosotros mismos nos enseña, es decir, que un libro es el producto de otro yo que el que manifestamos en nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios. Si queremos tratar de comprender ese yo», añade Proust, «lo lograremos buscándolo en el fondo de nosotros mismos, intentando recrearlo en nuestro interior».

Pero ¿cómo llegar a ese yo que permanece en el fondo de nosotros mismos, y cómo conseguir que salga a la luz? ¿Cómo conocerlo, entre tantas apariencias como ha ido adquiriendo en nuestras costumbres? ¿Cómo arrancarlo de ese continuo pasar que es el tiempo y cómo mostrarlo en todo el secreto que lleva dentro de sí? No será gracias a la inteligencia. Ni mediante el entendimiento. Proust quiere demostrar que estas cualidades racionales no participan en el acto de la creación. Parece que sólo el azar o la casualidad pueden resucitar ese fondo escondido de nosotros mismos, que siempre parece mostrarse mediante paradojas. Proust llama «memoria involuntaria» a esta facultad capaz de iluminar la oscuridad. En Contra Sainte-Beuve esa memoria se le ha hecho presente mostrándose con toda su fuerza evocadora en varios instantes consecutivos, y entonces «todo un jardín, hasta entonces borroso y apagado a mis ojos, con sus avenidas olvidadas, se me apareció con todas sus flores en la tacita de té, parterre tras parterre, como esas florecillas japonesas que sólo renacen en el agua».

Gracias a esta azarosa experiencia, el narrador estableció una relación de profunda identidad entre los momentos experimentados en el presente y los acontecimientos del pasado, y una luminosa analogía identificó el íntimo lazo que unía dos sensaciones, dos ideas y dos experiencias que se habían tenido, entre el presente inmediato y un pasado perdido en la neblina del tiempo, y que el azar reconocía como vivo y testimonial. Esos momentos privilegiados supusieron el descubrimiento de la vocación de escritor, que Proust mantuvo hasta su muerte, y le animaron a escribir En busca del tiempo perdido; y aunque se denomine a estas experiencias «reminiscencias», «impresiones oscuras», «instantes profundos», «islotes insólitos» e incluso «estados de ánimo excepcionales», dan una idea muy ilustrativa no sólo del origen del libro, sino también del proceso de creación que posibilitó su escritura.

Estos momentos privilegiados también han hecho aflorar aquellos días del pasado en que Marcel se quedaba toda la noche despierto, escuchando los ruidos de la calle, contemplando el rayo de sol que incidía en su habitación, y cuando empezaba a escribir y mostraba a su madre el fruto de sus noches de soledad y silencio, esperando de ella el juicio ecuánime que sólo ella podía darle. La memoria involuntaria le ha hecho presente a su madre muerta hace apenas tres años, y aquellos momentos intensos en que madre e hijo leían, comentaban y criticaban en larguísimas conversaciones las lecturas de sus autores y libros preferidos. Y hablando con ella, a la que tanto gustaban los libros, Marcel se adentra en la conversación sobre el método de Sainte- Beuve y pone en práctica los hábitos del crítico, que en la columna titulada «Les causeries du lundi» desplegaba su elegante y mundana plática sobre escritores y obras. Aquí, emulando al crítico, Marcel hace lo mismo con su madre: conversar sobre autores como Baudelaire, Flaubert, Nerval o Balzac para descubrir el secreto que esconden.

Sainte Beuve entiende la conversación -causerie- como una mezcla de sociabilidad y de escritura; es a la vez un género literario crítico y una manera de pensar, de ver y de escribir. La conversación propugnada por Sainte-Beuve es el telón de fondo de los ensayos críticos, los discursos académicos y los diálogos de salón que recuerdan a las piéces de conversation, pinturas de género, tan de moda a finales del siglo XVIII, que representaban a personajes departiendo en una pieza interior, un salón o una biblioteca, rodeados de objetos domésticos y artísticos.

Esta mezcla de sociabilidad mundana y discursiva -círculos, grupos, escuelas, salones, galerías, conversaciones- es el lugar y el antecedente de la conversación-crítica de Sainte-Beuve. Para él no hay incompatibilidad alguna entre pensar, escribir y hablar. Independientemente del género literario que utilice, la escritura adquiere casi siempre la forma de una conversación, lo que marca un talante que envuelve todo lo que escribe y critica.

Contra Sainte-Beuve se desarrolla durante una conversación con su madre, y siempre mantiene el tono coloquial y dialogado tan propio del crítico. El narrador habla con familiaridad, deslizándose libremente por encima de los argumentos, sin abandonar nunca los efectos de la improvisación y de la conversación propios del método crítico de Sainte-Beuve. Con la conversación van revelándose los rasgos más representativos de la obra; pero para que esto suceda es preciso que quienes conversan compartan el placer por el texto. Y este placer es el que conduce al descubrimiento del autor y a dilucidar los aspectos de la obra que más les han conmovido. Según Sainte-Beuve, detrás de la obra siguen estando la figura y la persona del autor. Es el interés por la obra lo que despierta la atención y el afecto por la persona, que es donde reside el germen de la obra. Por lo tanto, para el crítico, «Mientras no nos hayamos formulado sobre un autor cierto número de preguntas y les hayamos dado respuesta […], no podremos poseer la certeza de abarcarlo por entero, por más que tales preguntas parezcan del todo ajenas a sus escritos: ¿cuáles eran sus opiniones religiosas? […] ¿Era rico, pobre, qué clase de vida llevaba, cómo era su vida cotidiana?».

Proust comparte el aspecto coloquial de la crítica de Sainte-Beuve, y en la conversación con su madre, con quien a su vez comparte el placer por el texto, van revelándose la calidad, la gracia, la eficacia y las limitaciones del autor. Pero para Proust hay una gran diferencia entre hablar y escribir. Hablar es un acto social con aquellos que han disfrutado de un mismo autor, y escribir, en cambio, es un acto solitario que exige el diálogo con uno mismo. Y Proust es explícito al respecto: «[…] los libros son obra de la soledad e hijos del silencio. Los hijos del silencio no deben tener nada en común con los hijos de la palabra, con los pensamientos nacidos del deseo de decir algo». Nada tienen que ver los libros con la crítica de libros. Las obras literarias emplean una lengua que no es la común y hablada, sino la lengua que ha surgido, refulgente, del caos de la memoria.

Precisamente cuando Marcel Proust inicia la segunda redacción de Contra Sainte-Beuve, escribe una carta a Madame Strauss en la que menciona esta importante cuestión. Dice: «Las únicas personas que defienden la lengua francesa (como el ejército durante el caso Dreyfus) son las que “la atacan”. Esta idea de que hay una lengua francesa al margen de los escritores y que uno protege es inaudita. Todo escritor está obligado a construirse su propia lengua, como todo violinista lo está a conseguir su propio “sonido”. Y entre el sonido de tal violinista mediocre y el sonido, al tocar la misma nota, de Thibaud media un pequeño infinito, que es un mundo […]. La única manera de defender la lengua francesa es atacándola…Porque su unidad está compuesta de contrarios neutralizados, de una inmovilidad aparente que esconde una vida vertiginosa y perpetua. […] Cuando se quiere defender la lengua francesa, en realidad se escribe de un modo totalmente opuesto al francés clásico».

«Todo escritor está obligado a construirse su propia lengua»; es decir, debe crear, no reproducir una lengua común, hablada por todo el mundo, sino una lengua propia capaz de dar nombre a una realidad desconocida que, sólo mediante esa nueva lengua, puede dar cuenta de la verdad que desde hacía tanto tiempo permanecía recluida entre los pliegues de la memoria, más allá de la realidad y del tiempo.

Y dado que la memoria involuntaria, que surge en ese momento privilegiado, interviene y queda fijada en la escritura, Proust afirma: «[…] la materia de nuestros libros, la sustancia de nuestras frases debe ser inmaterial, no debe ser tomada tal como es en la realidad, si no que nuestras propias frases y también los episodios deben estar hechos con la sustancia transparente de nuestros mejores momentos, cuando nos hallamos al margen de la realidad y del presente. Esas gotas de luz conforman el estilo y el tema de un libro».

INDICE
Prólogo, de Antoni Mari y Manel Pia
Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana
I- Prefacio
II- Recuerdos de una mañana
1- La ceremonia del dormir
2- Los ruidos de la calle
3- El artículo en Le Figaro
4- El rayo de sol en el balcón
5- Conversación con mamá
III- El ensayo crítico
1- El método de Sainte-Beuve
2- Gérard de Nerval
3- Sainte-Beuve y Baudelaire
4- Sainte-Beuve y Balzac
5- Notas sobre la literatura y la crítica
IV- Nombres de personas
1- La condesa
2- El tipo Guermantes
3- La raza maldita
4- Retorno a Guermantes
Apéndices
Notas
Procedencia de los textos
Bibliografía