Canciones que me enseñó mi madre, de Marlon Brando

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Ed. Atlántida, año 1994. Tapa dura con sobrecubierta. Tamaño 23 x 15 cm. Traducción de Cristina Piña. Incluye 100 fotografías en blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 374

Por Marlon Brando

Cuando recorro los años de mi vida intentando recordar cómo fueron las cosas, descubro que nada está realmente claro. Los recuerdos surgen en mi mente en forma de imágenes y sentimientos desconectados, con bordes borrosos.

Nunca olvidaré la fragancia humosa de las tostadas y la panceta asada con maíz y huevos que subía por el hueco de la escalera de nuestra casa los domingos por la mañana.

Yo completé la familia: mi hermana mayor Jocelyn tenía casi cinco años cuando yo nací; mi hermana Frances, casi dos.

¿Hasta qué punto las experiencias de nuestra infancia configuran nuestro aspecto, comportamiento y personalidad como adultos respecto de lo que hace nuestra herencia genética? Hay que ser un genio para dar una respuesta simple o absoluta a cualquier cosa de este mundo, y no conozco pregunta más difícil que ésta.

De mi madre, imagino que heredé mis rasgos instintivos, que están bastante desarrollados, tanto como el amor por la música. Cuando mi madre bebía, su aliento tenía una dulzura que me faltan palabras para describir. Era una extraña pareja la que formaban la dulzura de su aliento y mi odio porque bebiera. Aún hoy, no entiendo la dinámica psíquica ni la patología de su desorden mental, o las fuerzas que la convirtieron en una alcohólica. Quizás era genético, quizás el alcohol era la anestesia que le hacía falta para adormecer las desilusiones de su vida. Cuando crecí, de tanto en tanto me descubría junto a una mujer cuyo aliento tenía esa misma dulzura que todavía desafía cualquier descripción. Siempre me ha excitado sexualmente ese olor. Por mucho que lo odiara, para mí tenía una atracción innegable.

De mi padre creo que saqué mi capacidad de resistencia, pues el viejo era un bicho realmente duro, un viajante que pasaba la mayor parte del tiempo en el camino vendiendo productos de carbonato de calcio. Mis recuerdos de infancia vinculados con él tienen que ver con que me ignoraba. Yo era su homónimo, pero nada de lo que yo hacía le gustaba o siquiera le interesaba. Disfrutaba diciéndome que yo era incapaz de hacer nada bien. Tenía la costumbre de repetirme que nunca sería nada. Nunca me recompensó con un comentario, una mirada o un abrazo. Yo lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo. Su madre lo abandonó a los cuatro años y él fue rodando de una tía a otra. Le tenía un profundo rencor a las mujeres por esa experiencia. Era un hombre aterrador y brutal, silencioso, su sangre estaba formada por una mezcla de alcohol, testosterona, adrenalina y rabia.

Actuar es el menos misterioso de los oficios. Todo el mundo actúa, sea un niño de tres años que enseguida aprende cómo comportarse para atraer la atención de su madre, o marido y mujer en los rituales cotidianos del matrimonio, con todos los artificios y actuación de papeles que se dan en una relación conyugal. Los políticos se cuentan entre los más ostentosos y peores actores. Es difícil imaginarse que alguien pueda sobrevivir en nuestro mundo sin actuar. Es un invento social necesario: lo usamos para proteger nuestros intereses y para sacar ventaja en todos los aspectos de nuestra vida, y es instintivo, una habilidad latente en todos nosotros. Cada vez que queremos algo de alguien, o cuando nos proponemos esconder algo o aparentar, estamos actuando. La mayoría de la gente lo hace el día entero. Cuando no sentimos las emociones que alguien espera que experimentemos y queremos complacerlo, actuamos las emociones que creemos se esperan de nosotros; nos entusiasma esa posibilidad, aunque nos aburra. Si alguien dice algo que hiere nuestros sentimientos, lo ocultamos. La diferencia reside en que la mayoría de la gente actúa en forma inconciente, automática, mientras que los actores lo hacen para contar una historia.

Después de que tuve un cierto éxito, Lee Strasberg intentó acreditárselo por haberme enseñado a actuar. Nunca me enseñó nada. Era un hombre ambicioso y egoísta que explotaba a otra gente que asistía al Actor`s Studio, e intentó proyectarse como un oráculo y un gurú de la actuación. Alguna gente lo adoraba, nunca supe por qué. Para mí era una persona carente de gusto y sin talento que no me agradaba demasiado. A veces iba al Actor`s Studio los domingos a la mañana porque Elia Kazan enseñaba y por lo general había muchas chicas lindas. Pero Strasberg nunca me enseñó a actuar. Stella me enseñó, y luego Kazan…