Antología personal, de Néstor Taboada Terán

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Ed. DLG, año 2009. Tamaño 20 x 14 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 110

antologia-personal379Por Néstor Taboada Terán
Cochabamba, Bolivia, 26 de mayo de 2009

Cuando los cañones de las empresas petroleras de USA y el Reino Unido comenzaron a desatar la tormenta en el Chaco, yo ya había nacido (1929). Mi padre chuquisaqueño ofrendó su vida en el holocausto, mi madre orureña quedó en condición de viuda y yo a los tres años huérfano de guerra.

Crecí en la época que se inculcaba en la población el odio colonial al indio que no se doblegaba ante la tiranía del imperio de la cruz y la encomienda. Los sometidos por la conquista española constituían el noventa por ciento de la población y eran artífices de terroríficos levantamientos. Aparecían cíclicamente los períodos de violencia: la muerte violenta de hacendados y la violación de hacendadas. El sistema colonial era celosamente defensor del analfabetismo. Los indígenas que pretendían leer y escribir eran cruelmente sancionados. Más o menos como en la Sudáfrica colonial de otrora, donde la mayoría aborigen vivía esclavizada por una minoría europea blanca.

Los primeros artistas que pintaron o/y escribieron en la República, fundada en 1825, temas de indios, fueron criticados con dureza, a pesar de la prédica del poeta Franz Tamayo. “¡Maldición a esas liras prostitutas que no cantan jamás por sus hermanos!”. Más tarde aparecerían el pintor potosino Cecilio Guzmán de Rojas y el escritor paceño Alcides Arguedas teñidos de “indigenismo”, sus corazones estaban más cerca de los indios que de los españoles. La presión racionalista y literaria. Se repudiaba a los poetas andinos, indios auténticos como Juan Wallparrimachi Mayta que había creado secretamente en la colonia poesía en lengua quechua y en la época republicana Franz Tamayo:

Pueblo nunca vencido
que con mi alma he querido;
cuelga en mi frente, viva todavía,
la roja borla del poder emblema.

Desde muy tierna edad abracé la causa popular. Trabajaba de día en la imprenta y en la noche estudiaba. Fui discípulo del ex sacerdote Nicolás Fernández Naranjo que me inculcó una fe religiosa en el poder de la letra impresa, y el célebre dirigente político José Antonio Arze -que no murió en el atentado criminal nazi de 1944, las balas disparadas quedaron asiladas de por vida en su cuerpo- me introdujo en los principios del socialismo militante. Fuimos compañeros entrañables de lucha con Sergio Almaraz Paz, el autor de tres libros excepcionales: Petróleo en Bolivia, El poder y la caída y Requiem para una República.

Mi primer cuento, Claroscuro, premiado en el Colegio nocturno Simón Bolívar, se publicó en 1948 y mi primera novela, El precio del estaño, en 1960, con el tema de la alevosa masacre de trabajadores mineros durante la Segunda Guerra Mundial y que el poeta argentino Raúl González Tuñón escribiera:

Y cuando al fin estalle el esplendor del día,
junto a los otros nombres uno -Catavi- se alzará,
con un millón de rosas de la sangre florida.

Y cargando mi cruz soporté, como todos los escritores repudiados por el sistema, humillaciones, persecuciones y exilios. El exilio más prolongado fue el de la tiranía bancerista, 1971-79. Escribí y publiqué en Buenos Aires mi segunda y tercera novela: El signo escalonado, 1975, y Manchay Puytu el amor que quiso ocultar Dios, 1977. galardonada con la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y la traducción en Berlín al idioma de Goethe.

No quise ser escritor encuevado (Ukhurruna, en lengua quechua) y menos exiliado voluntario. Desde que salí de La Paz a Río de Janeiro en 1953 a estudiar artes gráficas surgió en mí una vocación viajera predispuesta a recorrer países. Escribí memorias de viaje: Argentina, Unión Soviética, Chile, Cuba, Brasil, España y Norteamérica. Fui testigo de la agresión de EE.UU. a la isla de Cuba en octubre de 1962. Día por día iba anotando los acontecimientos que se vivían. Conocí al comandante Ernesto Che Guevara, a quien estimo autor de la Segunda Declaración de La Habana que el gobierno de Fidel emitió en 1962 en la Plaza José Martí de la Revolución, y conocí también al presidente de la República de Chile Salvador Allende, quien en una entrevista que sostuvimos en el Palacio de la Moneda prometió en su condición de mandatario socialista chileno devolver a Bolivia el mar usurpado en 1879- “He resuelto que el hermano país de Bolivia retorne al mar. Se acabe el encierro que sufre desde 1879 por culpa de la intromisión del imperialismo inglés. No se puede condenar a un pueblo a cadena perpetua. Un pueblo que esclaviza a otro no es libre. ¡Bolivia retornará soberana a las costas del Mar Pacífico!”.

Y en aras de aquel noble y justiciero anhelo murió Salvador Allende asesinado por los bandidos mancomunados Augusto Pinochet y Hugo Banzer Suárez, que después victoriosos se reunirían en Charaña, el camposanto del Altiplano destinado para enterrar almas en pena.

Amador de la historia me considero Ñauparruna, el hombre antiguo testigo de los tiempos, como dijera Joan Queralt, el entrañable amigo catalán. En mi espíritu caló hondo el suicidio del dictador Germán Busch en 1939; el alzamiento popular del 21 de julio de 1946 con el consiguiente colgamiento del presidente Villarroel; el proceso de la revolución nacional con la estatización de minas de estaño, reforma agraria con entrega de tierras a los campesinos y, por último, la épica de nuestros días, el afán de cambio, por la vía democrática y pacífica del procer nativo Evo Morales Ayma.

INDICE
Prólogo: Testigo de los tiempos
Hoja de vida
La novela por excelencia de Bolivia, de Luis Gregorich
Una obra decisiva en la literatura hispanoamericana actual, de Enrique Andrada
Ollanta en la guerra de Wiraqochas
La crisis de los misiles. El mundo al borde de la guerra mundial
Segunda Declaración de La Habana (fragmento)
Habanajpa Iskayñejj Rimariynin (quechua)
Angelina Yupanki. La Malinche del Imperio de los Incas
Doña Julia y sus tres maridos
La Chola. Legitimidad de una reflexión
La Casa Blanca enciende su foco rojo. King Kong con mal de amores
Chile con el corazón a la izquierda. La muerte del héroe (fragmento)
La Pakarina del Mundo Nuevo (fragmento)